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jueves, 23 de febrero de 2012

Las Dos Caras de un mismo Cuento

¡Hola a todos!
¿Como van esas votaciones? Nada sencillas verdad, no hay por quien decidirse con menudos relatos!
:D

Bueno, el motivo de esta entrada es para presentarles mi aportación para el Reto Las dos Caras de un Mismo Cuento
del Club de las Escritoras, que trata de crear un relato entre dos socias del club, las dos impresiones de los personajes a elección, sus experiencias y sensaciones en el mismo momento.
Me tocó como compañera a mi querida PukitChan y decidimos crear un relato homoerótico. Que trata de Louis (el personaje de PukitChan) un hombre apasionado y sexy,  y de Jack (mi personaje) su joven pareja un tanto dejado.
Bueno, los dejo con mi parte del relato
 para que comprendan un poco de lo que se habla les dejo la primera parte en la que Louis nos cuenta su parte de la historia. AQUÍ.


Aprovecho para invitarlos a que voten en el concurso que se lleva a cabo en Nubes de Verso de manos de Cali Axfer a quien le agradezco que haya recibido mi terrible relato. Es más las invito a votar (evidentemente por el que más les guste) pero no voten por el mío!! Mil disculpas, ya que lo leo de nuevo pienso que quedó pésimo. Pero bueno, espero que a alguien le guste. 

Sobra mecionar que el siguiente relato no es apto para menores de 18 años, así que pequeños ¡Abstengance! XD
(como si con 16 escucharas estos avisos) jijiji


¡Hablo enserio!




Tras Aquella Ventana


Acababa de salir de la tienda departamental, a unirse una vez más a la horda de trabajadores que se arremolinaba a diario en la parada de autobuses y los pequeños puestecitos de comida rápida.
Miró con un dejo de indiferencia los flirteos de las dos chicas que se encontraban sentadas frente a él en el autobús que tomó casi con desenfreno, no deseaba llegar tarde, Louis era muy estricto con él cuando llegaba tarde, aunque nunca había sido violento, de hecho, ahora que lo pensaba, Louis nunca era desagadable con él, nunca había demostrado furia o molestia ante sus torpes e infantiles arrebatos que eran tan frecuentes en él. En dos años de relación su pareja siempre había sido todo un terrón de azúcar, quizás eso era lo que le molestaba tanto. Jack siempre fue el chico sin remedio, el impulsivo, el sentimental. Parecía que Louis siempre quería hacerle saber que era mucho mejor que él y en ocasiones, su dulzura excesiva lo fastidiaba.
Aunque, no por ello podía dejar de sentir aquellos intensos sentimientos por él.

Miró el reloj de mano, ya era demasiado tarde y seguramente Louis se preocuparía. La lluvia de afuera golpeteaba las ventanillas entonando una marcha fúnebre que a Jack tranquilizó extrañamente. Andrea lo había obligado a reacomodar unos artículos que él mismo había decidido colocar de manera “artística” pero su jefa no le encontraba el arte a que los puros reposaran sobre los ceniceros negros fuera de su lugar, ni que el juego de ajedrez de marfil se encontrara desordenado, como si se hubiese iniciado una partida y ésta hubiera sido abandonada a la mitad del juego.
De no ser por su maldita jefa, él se encontraría en casa bajo las cobijas mientras miraba el televisor y saboreaba una enorme taza de chocolate espumoso y caliente.
Aunque, quizás él mismo había sido el causante de eso, quizás no deseaba volver a casa, aún no.
Incluso ahora, mientras se encontraba sentado en el autobús y las luces rutilantes de los autos y los semáforos le aportaban una especie de vida a su rostro, él se encontraba nervioso, irritado. Temía llegar a casa y encontrarse con él. No sabía lo que haría, no estaba seguro de poder mirarlo de la misma manera, sin incomodarse después de lo que había sucedido la noche anterior.
Y saberse tan cerca de él, comprender que pronto lo tendría frente a sus ojos lo suministraba de un temor que lo tenía vuelto loco, con el corazón a mil.

Finalmente el autobús lo dejó frente al portal de su casa, de ese refugio al que había huido junto a Luis, apartado de sus padres, lejos de las miradas de reproche y repulsión de sus hermanos mayores, Jack era el último de cinco varones, y desde que había descubierto, o mejor dicho, desde que había admitido su inclinación sexual abiertamente, se había convertido en el peor.

Abrió el paraguas cuando notó que estaba empapándose frente al portal, no sabía cuantos minutos había permanecido así, pero su cabello negro azabache ya estaba mojado por completo.
Intentó insuflarse valor a sí mismo y dar el primer paso, cruzar la calle le supuso una odisea y subir los escalones que lo conducirían a la puerta de entrada se le antojo una experiencia avasallante.
Colocó las llaves en el boquete de la puerta sintiendo que su corazón le estallaría, respirando el aroma de la lluvia mezclado con la tierra y las flores del pequeño jardincillo que con tanto esfuerzo habían logrado hacer crecer.

Jack estaba a punto de sacar las llaves y correr vertiginosamente, lejos de aquel hogar, de su hogar, cuando la puerta se abrió de golpe y una enorme y maravillosa sonrisa lo recibió detrás de ella, con ese estrepitoso y gallardo:

—Bienvenido— su voz no solo era melodiosa si no también angelical.

Asombrado por aquel abrupto y sorpresivo saludo, Jack no supo que decir, si no que se quedó mirándolo, embobado. “Lo dirá de nuevo, estoy seguro” pensaba, y Jack no sabía que decir. Intentaba ocultar el frío brutal que lo embargaba, y trataba de disimular los nervios que pretendían obligarlo a tiritar como una gelatina.
Aunque estaba seguro de que Louis conocía sus pensamientos, siempre lo sabía, sus ojos en esos momentos expresaban pavor, nerviosidad, se sentía abrumado por su presencia y poderosamente extasiado con la situación. Permanecieron callados un instante, Louis lo recorría con una expresión pervertida en la mirada, degustando de su facha. Mofándose seguramente. Jack tenía un traje negro ceñido a su cuerpo de corte elegante y que siempre tenía pulcramente lavado, planchado y perfumado, pero que en esos momentos parecía un trapo cubriendo su frío cuerpo, la corbata negra lo asfixiaba, la camisa roja se le pegaba desagradablemente al torso y sentía que no podía moverse con libertad, o sería quizás que la emoción de ver a Louis era lo que le impedía moverse en absoluto.
“¿Maldito Louis, por que tuviste que recibirme tan condenadamente sexy?” pensó, haciendo un breve repaso de su amante; cabello levemente enmarañado, playera sin mangas que se pegaba a su esbelto y apetecible cuerpo y Oh mi Dios, ese ínfimo, diminuto, celestial y pecaminoso bóxer negro que no dejaba nada a la imaginación. O quizás sí. Jack siempre había tenido una precoz y perversa imaginación
Y hubiera seguido aguzando la vista, iluminándose con la silueta de su hombre si éste no lo hubiera sostenido bravamente de la nuca obligándolo a besarlo al tiempo que cerraba la puerta de un golpazo, el fuego nació en su cuerpo incrementando presurosamente, ni siquiera era capaz de sentir más la ropa húmeda ni el frío de esa noche lluviosa, el hombre de cuerpo musculoso y deliciosamente tostado se adhirió a él, golpeando su cuerpo con todo el puño de su pasión.

—No debí dejarte ir a trabajar esta mañana…

Le susurró al oído, provocando un espasmo en su espina dorsal. Una vez más, sus labios lo aprisionaron, haciéndolo suyo por completo, como cada noche, era ese desenfreno, esa deliciosa posesión que lo hacía saber que le pertenecía solamente a él lo que lo volvía loco, lo convertía en un esclavo fiel dispuesto a satisfacerlo en todo momento.

Amaba sentirse así, caliente hasta no poder más, que su respiración lo sofocara a un punto culminante que era incapaz de soportar, que sus manos lo acariciaran sin medida, sin reserva. Louis le prometía constantemente el cielo, y nunca en dos años de vivir juntos había roto su promesa.

Con una precisión y rapidez exorbitantes el hombre lo despojó de la ropa húmeda, como un loco que busca desesperado un punto quieto, hambriento de ver su piel desnuda,  y Jack disfrutaba de aquel desespero, de esa lengua ardiente que calentaba sus músculos, de su violencia, de su arrebato. Cada caricia era un deleite desposeído.

Jack se dejó llevar por el fuego, se dejó a su merced, permitió que hiciera lo que fuera con su cuerpo, era suyo y deseaba que lo poseyera, eternamente, impetuosamente. Aunque su cabeza le daba vueltas, por dentro su corazón latía con una vehemente fuerza al pensar que pronto podría volver a la carga con el mismo tema y Jack no quería decirle nada, volvería a preguntarlo, lo sabía.

Louis despejó sus conjeturas internas y lo agolpó sobre la puerta, el chico sintió el frío material en su pecho y dio un respingo, pero Louis no le permitió moverse más, resbalando sus calientes manos, Jack sintió que un escalofrío recorrió su cuerpo cuando el hombre que lo recibió comenzó a desabrocharle el pantalón con una avidez que lo volvió loco, la sensación punzante que le provocó sus manos cerca de su miembro ocasionó que se endureciera.
No pensó en la extraña situación que estaba viviendo puesto que para ellos no era extraña en lo absoluto, Jack poseía un encanto sexual irresistible para Louis, siempre se lo había dicho, y por tal motivo éste siempre estaba sediento de él, sediento de penetrarlo cada día cada hora, sediento de hacerlo suyo. Era algo que Jack adoraba en él, su pasión tan extrema, la deleitante forma con que lo hacía gozar hasta llegar al clímax, por ello siempre se lo recompensaba, estando dispuesto a él en todo momento.

Cuando Louis se apoderó de su cuerpo con aquellos fuertes y musculosos brazos, Jack sintió que se tensaba, cogió su miembro por detrás de su cuerpo y notó gozoso que éste ya estaba duro, preparado. Eso lo excitó mucho más, ambos tocaban sus vergas con un gran deleite, gimiendo en la estancia de la sala que permitía apreciar todo con total claridad, las luces encendidas no eran habitual en sus encuentros amorosos, a ambos les fascinaba la intimidad romántica que les ofrecía la noche, el secreto de la oscuridad,  descubrirse, besarse, lamerse, bañarse en el cuerpo del otro.

Jack no pudo más, dio media vuelta vertiginosamente mirando retadora y provocativamente a Louis que no pareció sorprendido, al contrario, lucía extasiado. Y con una fuerza potente y sugestiva lo hizo inclinarse frente a él, mostrándole su sexo ardiente, Louis no se dio a esperar, después de mirarlo con una expresión voraz y perversa comenzó a lamer la carne que Jack le ofrecía, cada succión era celestial. El chico inclinó su cabeza hacia atrás suavemente, apretando los ojos para saborear de aquella dulce experiencia. La legua caliente y juguetona de Louis que recorría cada milímetro de su miembro cada vez más endurecido, a punto de estallar dentro de su boca.
Las lamidas de Louis subían de intensidad, mientras que Jack intentaba contener los deseos urgentes de vaciarse, deseaba continuar disfrutando de aquella maravillosa sensación, sosteniendo al hombre por los cabellos, tirando suavemente de ellos mientras que la visión de un Louis arrodillado y a su entera merced lo extasiaba hasta un punto casi culminante.

De pronto algo lo obligó a susurrar su nombre. Sí, lo había hecho por vez primera. No sabía por que pero en aquellos dos años de convivencia nunca le había mencionado en sus encuentros furtivos bajo las sábanas. Quizás era que temía darse cuenta de que cohabitaba con un cuerpo masculino, un nombre masculino le haría darse vuelta y salir corriendo. No comprendía como era que pese a estar tan lejos de su familia aún estuviera envuelto en sus prejuicios, sus correctivos y su cruel decepción. A veces Jack odiaba ese nombre, odiaba saber lo que le provocaba el siquiera mencionarlo, no imaginaba hacerlo mientras su cuerpo era explorado a fondo, mientras degustaba de placeres prohibidos, casi imperdonables.
Pero ahora era muy distinto.
—Louis…Louis— era el nombre más hermoso jamás creado. El nombre que significaba no solo un par de letras en conjunto formando una palabra, no era un nombre cualquiera, era “el” nombre.
El que definía al amor de su vida.

Louis se levantó probablemente sorprendido por sus palabras. Sonriendo, se acercó a él suavemente.
—Te amo…— fueron sus únicas palabras después de besarlo tiernamente en la nuca. Jack se sintió feliz, como nunca lo había estado. Sentía que Louis era sincero. Siempre había tenido esa duda, un hombre mayor no suele amar de aquella forma a un chiquillo, pero Louis no era cualquier hombre. Él era diferente, y anoche se había dado cuenta de ello.

Jack gimió de placer y de dolor cuando el potente y viril miembro de Louis lo penetraba con una furia imperiosa. Reforzado por los sublimes susurros de amor cerca de su oído.
La tormenta no amainaba en lo absoluto, por el contrario, se fue haciendo cada vez más salvaje y mitigaba los abruptos y sugestivos gemidos de placer, golpeteando tórridamente la ventana que se convertía en testigo mudo de su arrebato de pasión.

Jack sentía que ese hombre lo penetraba una y otra vez sin salir por completo, subyugándolo a la juntura de la puerta y la pared. El golpeteo frenético de sus testículos con los suyos le provocaba una sensación de ardor en su cuerpo que incrementaba el placer.

—Te amo…—repitió Louis, entrecortadamente y jadeante.
—Oh Louis—de nuevo aquel nombre celestial—Te amo, siempre te he amado…

Louis incrementó la rapidez de sus embestidas enloqueciéndolo de placer, hasta que sintió cómo se vaciaba en su interior haciéndolo una vez más de su propiedad. Así se sentía Jack junto a él, era extraña esa sensación, saberse de alguien, comprender que su cuerpo, su mente y su corazón no le pertenecían en lo absoluto, eran enteramente de ese hombre que resoplaba en su nuca al tiempo que salía de su interior, recargándose en su cuerpo.
Jack sintió que lo volteaba lentamente, y él obedeció sin decir palabra alguna.
Sus ojos verdes buscaron el azul intenso de Louis, siempre hallaba esa chispa de luz dentro de ellos y esta vez no era la excepción.

Entonces se dio cuenta de que siempre era igual, Louis parecía buscarlo solamente para su deleite físico, lo enamoraba, lo poseía y una vez que obtenía lo que deseaba de él, lo dejaba completamente solo, acompañado por su confusión. ¿Qué sentía Louis por él, que sentía él por Louis? Con cada segundo que pasaba esclarecía esa duda que lo había acompañado durante dos largos años.

—No sé muchas veces lo que piensas—inició el hombre, Jack calló—   No sé qué puede suceder contigo algunas ocasiones, quizás me veas desinteresado o tal vez ambicioso, es un juicio tuyo que yo me atreveré a cambiar porque es la imagen que te he dado todo este tiempo de mí.

No respondió inmediatamente, en realidad por que no sabía qué responder. Sabía que esto sucedería y  aún así se empecinó en llegar a casa, después de lo que le había preguntado la noche anterior, Jack bien podría haber huido tal y como lo había hecho de sus padres. No sería muy diferente, después de todo así había sido siempre, un cobarde, un miedoso… un niño de veinte años.

Louis lo tomó entre sus brazos, Jack sintió que éste recargaba la frente en su hombro y notó que estaba sudoroso, temblando y por vez primera, sin saber que decir o que más hacer.

—Decide si quieres irte o quedarte… si es esta la última noche o mañana en la mañana… O tal vez nunca te quieras ir—dijo, y lo sostuvo con más fuerza. Jack miraba hacia el suelo—Tienes la decisión ahora en tus manos.

Jack no comprendía lo que estaba sucediendo. ¿Cómo era posible que él tuviera la decisión en sus manos, como era posible que Louis llorara frente a él rogando?
Por primera vez Jack sintió que maduraba paulatinamente junto a la respuesta que se fraguaba en su interior.

—Louis…—dijo, el hombre frente a él calló y escuchó atentamente—Sabes perfectamente bien lo cruel que has sido conmigo durante estos años. Tu temperamento crudo, indiferente y desalmando ha terminado por convertirme en un muñeco, un títere de sus propias emociones. Creo que he tirado toda mi cordura al suelo en estos dos años… creo que estoy a punto de hacer algo que quizás pueda sorprenderte pero que necesito hacer con locura. Por nuestro bien necesitamos esto.

Calló un segundo, Louis continuaba escuchándolo. Llorando amargamente, presagiando el final de aquella apasionada relación
—Estoy a punto de hacer algo increíble Louis, y necesito que me apoyes en mi decisión, necesito que me demuestres que estás dispuesto a eso, a apoyar lo que decida, a respetarme y respetar mis palabras… Ahora voy a preguntarte algo… no quiero que me interrumpas ni que preguntes por qué. Yo sé porqué y eso me basta, por tal, si me amas también debería bastarte…
Louis asintió y Jack pudo sentir que su corazón estaba a mil esperando su pregunta. Lo vio en su respiración agitada, sus manos temblorosas, sus lágrimas que no cesaban.
—Mi pregunta es la siguiente, es muy importante para mí que la entiendas y que me respondas sinceramente… Louis… ¿Quieres casarte conmigo?

Una lágrima cayó desde sus ojos hasta la mano de Louis que había tomado al último momento, se arrodilló lentamente sin dejar de mirarlo y sin dejar de llorar al tiempo que se quitaba una preciosa argolla de compromiso y se la colocaba a Louis en el dedo anular.

Louis se restregó los ojos con una sonrisa en los labios.

—De verdad…te amo—musitó éste, apretando aquellos hermosos ojos azules, Jack sentía que su corazón bombeaba con estrépito al escucharle diciendo esas palabras. Contemplando su imagen dulce que pese a la edad le resultó infantil.

Su amor era un sentimiento que atravesaba las dificultades como un rayo sobre las blancas nubes del cielo, y éste sentimiento duraría hasta el final…


Proyecto Adictos

¡Hola a todos!
Esta tarde subo lamentablemente tarde por un día, mi proyecto para el club de Adictos a la Escritura del que soy parte. Ayer tuve un día dificil por tantas cuestiones personales que me dejaron exhausta, triste y sin ánimos de nada. Aunque afortunadamente todo salió bien y mi día culminó estupendo.
Por otro lado, tampoco tengo internet en mi casa y pues aquí me tienen, subiendo mi primera entrada a través de un ciber-café (no es del todo un ambiente desagradable) como suponía XD

En fin, tengo poco tiempo y me he alargado demasiado. Así que sin más los dejo con mi versión de cupido. Espero sea de su agrado y me comenten sus impresiones.




Yo soy el Amor
Yo soy Cupido, el que te enamora, aquel que te llena de alegría y esa juventud y felicidad exorbitantes que te hacen explotar de carcajadas y que incluso te producen el llanto.
Siente el amor detrás de cada palabra que te susurro, siente como me llevo tus lágrimas, siente como acaricio tus mejillas al tiempo que te tomo de la mano, por que estoy contigo ahora, caminando siempre a lado tuyo ¡Oh, te amo tan inconmensurablemente!

Yo soy Cupido, y soy todo un encanto.
Me han creado tan perfecto y hermoso que es sencillo enamorarse, mi cabello es rubio con algunos destellos castaños y poseo unos delicados e inocentes ojos azules que a veces se transfiguran en mirada de fuego, producto del acaloramiento de mi labor.
Mi boca es dulce, carnosa y tierna, y mi cuerpo es delgado, musculoso pero nada extravagante, simplemente perfecto, no hay nada que desentone en mí ser, no hay imperfección alguna en mi alma.

Toma mi mano, acaríciame. Déjame acariciarte por que esta noche te veo perfecta. No tengas duda de ello, eres perfecta y nos complementamos.
No tengas miedo del amor que deseo regalarte. Si no te sientes preparada o lo suficientemente hermosa como para aceptarme en tu vida entonces eso es lo que te limita.

Esta tarde pude conocer un lado en ti que es tan desgarradoramente hermoso como lamentable, hoy te he mirado completamente desnuda y puedo asegurarte que tu desnudez es inmensamente luminosa, no hay cosa más deliciosa y delicada que un alma rota por el amor, pero enamorada. Me encuentro famélico, me has dejado helado. No tienes idea de lo mucho que detesto ver tus lágrimas, escuchar tu llanto que no cesa.

No me culpes, en ese momento yo me encontraba descomunal y con los ánimos ebrios, hambriento de amor. Esa es mi debilidad y mi encanto más supremos.
Pero no pierdas la esperanza por que yo sé hacer muy bien mi trabajo.
Si te caes y te hieres yo te ayudaré, lo haría eternamente por que siempre que te veo sé que tú eres el amor de mi vida.
Yo estoy junto a ti. Yo río y lloro contigo, te llevo de la mano incluso cuando esos labios rojos me maldicen a viva voz cuando las cosas no resultan bien, cuando me odias, yo te amo.

Esta noche conocerás lo que soy capaz de lograr cuando pienso en ti. Dormitando bajo las sabanas de seda, acariciando tu pecho con melancolía, sé lo que esos dedos tuyos extrañan las caricias de quien se marchó, sé por qué estás tan vacía ahora.
Tus cabellos de algodón se dispersan en la almohada, embelleciendo la estancia con ese pulcro color azabache, tus pestañas de seda se mojan con el salitre de tus lágrimas y yo comprendo por qué se ensanchan tan violentamente esos suaves y perfectamente redondeados senos.
Tiritas de frío, pero permaneces con las sábanas que te recuerdan las noches felices, esas noches largas, intensas e inolvidables, albergada en sus brazos cálidos, extasiada por aquella compañía nocturna que llenaba tu alma y tu ser entero de los más penetrantes y acelerados de los sentimientos.
No llores más, aún hay tiempo.

No hace falta que comprendas tantas cosas. Conmigo nace el amor que necesitas, la compañía eterna que requieres, la calidez total que deseas.
Te prometo que cuando me sientas por completo, cuando logres aquietar el llanto cruel que te devora y amanses la apasionada sed que te desgarra podrás hallar mi calor, ese calor universal que siempre ha estado ahí para ti, pero que no lograbas concebir debido a la apariencia de frío a la que parecías apegada.
Cuando consigas desterrar el vacio, cuando puedas transmutar la tristeza en nostalgia entonces todo comenzará.
Y cuando esos cambios comiencen a suceder, el amor será profundo como nunca antes.

Lánguidamente me acerco a tu cama, ahora sé que te encuentras abierta, estás preparada para mí ahora. Voy a mostrarte el amor verdadero, y una vez que me sientas no habrá experiencia más bella ni enternecedora que esta.

Conozco la alquimia más hermosa y brillante, y quiero obsequiártela.

Me siento en tu cama, tu no estás dormida pero lo intentas, y en tus ensoñaciones se encuentra el nombre de tu amor verdadero, pero lo ves borroso y el rostro que se te aparece en la mente es indescifrable, descuida amor mío, por que esta noche seré yo quien te revele todos los misterios, todos lo secretos que ya sabías pero que te empecinabas en mantener resguardados en lo mas profundo de tu corazón, ahogado a través de los años.

Yo soy Cupido, y entraré en tu corazón.

Las lágrimas brotan con mayor estrépito, cierro los ojos y me uno a ti.
¡Duele!
¡Oh, cuanta amargura, cuanto dolor y cuantas heridas abiertas! ¡Tu corazón es como un alfiletero desgastado y teñido de sangre!
Te beso, succiono todo el dolor que te causaron aquellos que pretendieron amarte y que amaste erróneamente, desenfrenadamente.
Te abrazo, me fundo contigo, siente como somos uno solo, siénteme dentro de ti, de tu corazón ¿Sientes como penetra mi energía en tu cuerpo? ¿Sientes alivio?

¿Puedes reconocer ahora la diferencia entre el amor verdadero y el amor interesado?
Yo te amo con un amor divino, incondicionalmente, como siempre te he amado, no necesitas a nadie más que a mí.
¿Lo comprendes?

Esta noche yo soy Cupido, y me encuentro dentro de ti.

Esta noche yo soy tu misma, quien merece todo tu calor, todas tus sonrisas, todas tus lágrimas, todo tu Amor.

¿Lo comprendes?

martes, 14 de febrero de 2012

Doceavo Relato

¡Hola a  todos!

Pues aquí subo el doceavo y último relato para el concurso Por que el Amor Duele.
Sé bien que aún no termina del todo este "evento" por decirlo de alguna manera
pero quisiera agradecerles a tod@s por sus maravillosos relatos y por dedicar su tiempo, su dedicación y su talento para darle vida a este proyecto que organicé con mucha ansiedad, y admito que ha superado mis expectativas. Mil gracias a todas ustedes chicas!!! ^^

Bueno, sin más los dejo con este último relato de la pluma de Paty C. Marin

¡Disfrútenlo!



***



Caminaba con la cabeza agachada, triste, ya nada importaba para ella. Tenía frío, como siempre que volvía caminando de clase hasta su casa, el uniforme del prestigioso colegio católico no arropaba en absoluto. La falda era de cuadros, espantosa, la blusa era blanca, de una tela sintética que apenas abrigaba. Ni los gruesos calcetines de lana aliviaban el frío de los pies, por alguna razón en Invierno tampoco podían usar medias.



No todo había sido así, no siempre había odiado su uniforme, hubo un tiempo en que incluso llegó a gustarle ir con la falda por encima de las rodillas y el primer botón de la camisa suelto, insinuando el nacimiento de sus pechos. A él le gustaba. Había sido en un invierno como este en el que había experimentado la felicidad y posteriormente una angustiosa tristeza.



Había sido él quien la había seducido, un hombre diez años más mayor que ella, hacía una semana que celebraba su cumpleaños número dieciocho cuando aquel desconocido la abordó cuando salía del instituto. Del último curso del Instituto, estaba a punto de acceder a la Universidad, sus padres se iban a encargar de que entrara en la más prestigiosa del país.



Ni siquiera se había puesto guapa para la ocasión, regresaba caminando igual que lo hacía siempre, cuando el desconocido dijo sentirse atraído por ella. La muchacha pensó automáticamente en que aquel hombre quería aprovecharse de ella e incluso intentó darle el dinero que llevaba encima para que la dejase ir. Pero él empezó a reír, alegando que no le haría nada si ella se negaba, no estaba allí para hacerle daño.



El replanteamiento de los hechos despertó en la jovencita cierto morbo. Un supuesto ladrón, más adulto, tremendamente atractivo, que se le insinuaba con cierto descaro y sin ningún disimulo… añadido a que la muchacha provenía de una familia católica, de un colegio de monjas dónde pensar en otros chicos se consideraba pecado mortal incluso en pleno siglo veintiuno, como si fuesen inquisidores de la Edad Media aleccionando a las masas ingenuas e inocentes, contribuyó al desenlace de aquel encuentro con la ruptura de su inocencia. El dolor de la primera vez sucumbiendo al placer de unos labios y unas manos expertas, el calor de un cuerpo masculino apretado al suyo, clavado hasta lo más hondo de su ser, unos jadeos entrecortados, la fría humedad del sudor resbalando entre sus pieles y la ropa tirada entre los pupitres del aula en la que permanecieron escondidos durante dos horas. En la oscuridad se escondieron de quién pudiese vigilarles, se abrazaron, disfrutaron de la mutua compañía y prometieron verse al día siguiente en casa de él.



Habían quedado en el metro a la salida de clase, ella nunca había viajado en aquel primitivo medio de transporte porque sus padres se negaban a que caminara entre la clase baja, o a que exhibiera su cuerpo inocente a la jungla del subsuelo de la ciudad. Los animales salvajes abundaban en aquel lugar, no era bueno para que su hija creciera pura e intocada hasta el matrimonio. Por supuesto, nunca lo supieron.



Lo hicieron en el metro. Fuera, mientras esperaban, y dentro, mientras viajaban, y al parecer no eran los únicos en elegir el último vagón para mantener aquella lucha, pero lo disimularon mejor. Sus cuerpos volvieron a entrar en contacto, sus labios, sus manos, la piel caliente, el cuerpo en tensión continua y unos suaves gemidos los acompañaron hasta la última parada.



A esa vez le siguieron muchas y muy seguidas. La muchacha pasó el fin de semana en su casa, habiendo convencido a sus padres que se quedaría a dormir en casa de una amiga. Dos días fueron siete, siete días fueron quince y después de permanecer auto-secuestrada en casa de su amante durante veinte días, se decidió a volver con sus padres, habiéndose forzado a no regresar por temor a no verle jamás. Él le había prometido que su misión en la vida, ahora que estaba con ella, era hacerla feliz. Nunca escuchó un “te quiero”, un “te amo”, un “moriría por ti” y sin embargo, para ella estaba más que claro. Se amaban, aunque no se lo dijesen con palabras.



O eso había creído.



Al regresar a casa, sus padres castigaron su osadía, la osadía de desaparecer veinte días sin una llamada o un aviso, sin aparecer por casa para decir dónde estaba, aunque su amiga y la madre de esta alegaban que estaba con ellas, con un encierro de veinte días en casa. Se desesperó al segundo día. Él no llamaba, ella tampoco podía, ya que no tenía teléfono, se lo habían quitado, la habían aislado. No dejaba de pensar en él, no podía pensar en otra cosa que no fuera él, él y sus labios, sus manos, sus besos, sus susurros y sus jadeos, y también en si él ya la había olvidado. Siete días después, consiguió un teléfono y llamó.



Aliviada, escuchó su voz, escuchó como vertía en su casto oído promesas de un nuevo encuentro, detalles de su cuerpo que él había descubierto y del placer que le daría si la tuviese delante. De los lugares que tocaría, que acariciaría, que apresaría con los labios, de los lugares en los que entraría para entregarle lo que los dos deseaban, de lo que llegarían a alcanzar cuando sus cuerpos se encontrasen nuevamente.



Fue de mal en peor. Ella empezó a recibir clases particulares, sus padres no querían dejarla salir de casa. Su amante se presentó en su casa diciendo que era el nuevo profesor y sus padres lo creyeron, tanto fue así, que acabaron por dejar a la niña al cargo de su amante sin que lo supieran. La muchacha estaba emocionada, podía verle y disfrutar con él mientras fingían estudiar, pero conforme fue pasando el tiempo, él se fue ausentando.



Ya no respondía a sus caricias. Ya no le sonreía al verla. Ya no parecía importarle ir dejando sus encuentros para cuando tuviesen más tiempo y poco a poco, él se fue alejando de ella. La muchacha lo dejó pasar la primera vez, la segunda estuvo a punto de hacerlo ceder, la tecera fue tal fracaso que no lo intentó otra vez. Y, lentamente, fue sucumbiendo a la tristeza.



Se convenció de que él ya no la quería, que había otra, que la evitaba, que quizás había otra mujer más en su vida, más adulta, más experta, con más pechos, más inteligente, más divertida, más hermosa. Una mujer mejor que ella. Y sin embargo, se negaba a aceptarlo. Ella quería ser su amante, quería amarle aunque él no lo hiciera, quería formar parte de su vida aunque él no lo supiera. Lo necesitaba. Le necesitaba. Su felicidad dependía de él.



Así, pensando en estas cosas, la muchacha caminaba de vuelta a casa. La habían dejado volver al colegio, a él ya no lo veía salvo cuando era la hora de comer y de vez en cuando lo veía en el restaurante que el colegio tenía enfrente. Ni siquiera miraba por la ventana para verla pasar.



¿Cuántas veces le había dicho lo mucho que le gustaban sus piernas? ¿Cuántas veces le había dicho lo mucho que le gustaba verla caminar desnuda por el pasillo de su casa? ¿Cuántas veces le había dicho que era la mujer más hermosa con la que había hecho el amor? ¿Cuándo decidió cambiar de opinión?



Sin quererlo, la muchacha le dio una patada a algo plateado que se deslizó hacia delante. Apartó la mirada de su hombre un momento, ya que él no miraba y observó lo que había golpeado. Un cilindro plateado. Curiosa, lo recogió del suelo y le dio vueltas entre las manos hasta que al girar una de las piezas, un cilindro de color rojo asomó en la punta.



Era una barra de labios.



Los ojos se le llenaron de lágrimas, nunca había usado tal cosa. Automáticamente pensó que el hombre por el que se desvivía tenía otra mujer que sí usaba pintalabios, de color rojo, y le dejaba manchas en el cuello de la camisa como en esas telenovelas sudamericanas de la televisión, en las que el infiel era descubierto. Caminó unos metros más adelante y se puso a llorar, mirando el pintalabios. Ella quería ser esa amante, ella quería ser esa que le manchara la camisa de rojo carmín. Quería ser la otra, no le importaba ser una puta que se acostaba con un hombre mayor, ni le importaba lo que pudiese pensar él de ella. Ella quería con toda su alma pertenecer a su mundo, le resultaba imposible vivir una vida en la que él no tuviera cabida.



Guardó la barra de labios en el bolsillo, se secó los ojos y se limpió la nariz. Echó un último vistazo a su amante, con la esperanza de que este girase el rostro para mirarla. Pero no lo hizo. Con la cabeza agachada, la joven se puso en camino. De vuelta a casa. Experimentando la mayor amargura de su vida.



Paty C. Marín

Onceavo Relato

Bueno, pues aquí les traigo el onceavo relato que viene a formar parte del concurso
Por que el Amor Duele 
Esta tarde colocaré para tod@s ustedes la encuesta para que voten por su relato preferido! ^^

Así que sin más, de la pluma de Mari

¡Disfrútenlo!



Después de Amanecer


Después de la visita de los vulturis para acabar conmigo, la calma volvió a la casa. Pero no a mi corazón ya que con la llegada  de Nahuel con mi tía Alice y ni tío Jasper para salvar mi vida me produjo una gran confusión, al saber que existían otros como yo. Quería saber todo sobre el y sus hermanas, sobre su vida, sus gustos y sin querer me fui alejando de Jacob, mi Jake.
Cada vez pasábamos mas tiempo juntos y hacíamos muchas cosas que antes hacia con Jake o con mi familia.
-         Nesi, mi niña, ¿estas despierta?, me he quedado toda la tarde esperándote con tu familia.-me dijo Jake entrando por mi ventana que estaba abierta.
-         Si, estoy despierta.- le conteste levantándome de la cama.
-         ¿Dónde has estado esta tarde?¿has estado con Nahuel?.- me pregunto mirando a los ojos.
-         En…..si, me ha estado explicando como a crecido de rápido y que ha parado de crecer al alcanzar la edad en la que fue convertido su papa.- la dije sin mirarlo ya que sabia que estaba molesto conmigo porque ahora apenas estábamos juntos.
-         El le ha explicado eso a tu familia y sobre todo a Carlisle que es por decirlo de alguna manera tú medico.
-         Si, Nahuel le ha explicado todo a mi familia y por ello ahora Carlisle esta realizándole algunas pruebas.- le dije a Jake acariciándole la mejilla.
-         Te dejo mi pequeña, te ves cansada y debes dormir.- dijo dirigiéndose hacia la ventana, con la tristeza reflejada en sus ojos.
-         No, quédate conmigo, como perrito….¿si?.-le dije haciendo un puchero.
-         Vale……me quedare.
Jake paso la noche conmigo como hacia a veces, el dormía en la alfombra y yo en mi cama bajo su presencia.
Por la mañana hubo problemas ya que Nahuel entro a mi habitación para despertarme como hacia desde que estaba en la casa y al ver a Jake empezó a gritarle.
Al instante toda la familia estaba en la habitación, mi tío Emmett y mi papa sujetaban a Jake y mi tío Jasper y mi abuelito Carlisle sujetaban a Nahuel para que no se pelearan.
Todos bajaron a la sala excepto mi mama que se quedo conmigo arreglándome, para que bajáramos.
Cuando bajamos ya habían hablado y Nahuel tenia preparadas sus maletas puesto que le habían echo entender que Jake y yo estábamos imprimados y que el nunca podría ocupar el lugar de Jake en mi corazón aunque lo intentara.
Nos despedimos de el con mucha lastima y quedamos en que seguiríamos en contacto.
Cuatro años después nos volvimos a encontrar cara a cara Nahuel y yo, exactamente el día de mi boda con Jake; la historia de amor de mi madre se repetía en mi, amaba a dos hombres pero me casaba con el dueño de mi corazón, y estaba contenta por Nahuel ya que en un mes se casaba con Leah puesto que había encontrado en ella a la dueña de su corazón.



Mari

lunes, 13 de febrero de 2012

Opinión

A las chicas participantes: 

Tengo un gran dilema entre manos, y es que me han llegado dos relatos que por la extensión no puedo colgar para el concurso tienen tres y cuatro páginas. 
No obstante, y dado que estas dos chicas se esmeraron y colocaron tiempo en crear sus relatos he decidido pedir su opinión para saber si estarían de acuerdo en que los relatos que tengo formen parte también del concurso. 
 ¿Por que les pido opinión?
Pues por que ustedes chicas también colocaron tiempo y dedicación a sus relatos y a algunas quizás les pueda parecer injusto que acepte que las dos nuevas historias formen pare del concurso.
Ustedes mandan. 

¿Que dicen?


domingo, 12 de febrero de 2012

Décimo Relato

Al final de este domiguillo me ha llegado un nuevo relato.
Será el décimo que viene a formar parte del concurso
Por que el Amor Duele.

Recordarles que las historias están disponibles en el apartado de arriba en:
Relatos del Concurso

Así que sin más, los dejo con este gran relato de la pluma de Daniela

¡Disfrútenlo!



NOSTALGIA
Que hermosa tarde de otoño.
Desde aquí, puedo escuchar el trinar de los pájaros, y admirar su vuelo alto y libre, rápido, mientras emprenden el viaje de regreso a casa, donde sus familias los esperan.
También, percibo como se van extinguiendo los últimos rayos de sol mientras encienden el firmamento con su luz, llenándolo de miles de colores diferentes. Aunque mi vista ya no es la misma de antes, me siento aquí todas las tardes mientras el astro dorado baña de calidez a toda la ciudad, brillando en las ventanas de los altos edificios tan comunes hoy en día, pensando.
¿No es increíble la naturaleza?
Cada día hay un nuevo amanecer, que ilumina el nacimiento de esperanzas, sueños y alegrías. Cada mañana abro los ojos con un profundo deseo dentro de mi corazón. Ojalá tuviese el poder de revivir el pasado, no para cambiarlo, porque bien sabe Dios que no hay nada de lo que me arrepienta, solo quisiera, por una instante, poder verte una vez más.
Pero claro, así como inicia un día con la llegada del sol, él mismo se lo lleva al momento del atardecer. Siempre. Cada esperanza perdida, cada sueño no realizado muere con él. Tal vez nazca de nuevo otro día, tal vez no. Yo solo sé que cada tarde veo extinguirse la luz y tú ya no estás a mi lado. Lo intento. Intento ser fuerte y vivir el resto de mi tiempo con dignidad, pero a veces fallo. ¿Cómo puedo seguir viviendo como antes, si mi corazón me abandonó? Porque tú eras mi corazón. No hubo un día que no te lo dijera, porque no quería que tuvieses dudas al respecto. Eras mi corazón, siempre lo fuiste y siempre lo serás.
Algunos días evito pensar en eso, para que la desesperanza no me consuma y se lleve lo poco que queda del hombre que conociste. Pero es difícil. Más cuando te extraño tanto. Oh, Aubrey. ¡Cuánto te echo de menos!
Sobre todo en los momentos, como ahora, que la calidez del sol invade mi piel fría, como un triste substituto de tus manos. ¡Cuánto me enseñaste de la vida!, y ya no estás aquí para vivirla conmigo.
Tus preciosos ojos ya no pueden apreciar la manera en que el cielo se colorea de púrpura, naranja y rosa, como una aurora boreal en pleno septiembre. Ya no se abren cada mañana para mirarme con amor, incitándome a ser cada día un mejor hombre, un mejor esposo, un mejor padre. Ya no me vez, mi amor, para regañarme cuando comía un pastel azucarado malo para mi diabetes. Ahora solo puedo ver tu sonrisa en mi mente, y constantemente me pregunto tantas cosas: ¿Qué pensarás? ¿Cómo te encuentras? ¿Me estas mirando? ¿Te sientes orgullosa de mí, de tus hijos y nietos? ¿Eres feliz allá en donde estás? Yo espero que sí, no, yo deseo que sea así, porque tú sólo mereces lo mejor. Mereces ser amada aún más allá de la muerte.
Mi viejo corazón ya no es tan fuerte como antes, Aubrey. Me duele, cada vez más, cuando abro los ojos y no te veo a mi lado en la cama. Ya no siento tu calor entre las sábanas, ni tu aroma impregnándome. ¿Quién hubiese pensado que las cosas más cotidianas serían las más difíciles de soportar? Las noches frente a la chimenea, escuchando las noticias. O las navidades cuando venían los niños y pasábamos todo el día rodeados de risas y gritos. Que buenos eran aquellos momentos.
Por cierto, los niños están bien. Jack y Rose han tenido otro hijo este verano, Jamie. Ellos dicen que se parece a mí, pero yo no lo creo. Es decir, ¿En dónde pueden ver un parecido entre esa criatura lozana y maravillosa y un viejo arrugado como yo? Pero de algún modo, me hace sentir mejor. Amy ya va a la universidad, y creo que planea casarse con ese muchacho de Wisconsin con el que sale desde hace un año. Robert no quiere oír hablar del asunto, pero a mí me cae bien. Kasie y Emily cumplieron once años en abril, y de sobra está decir que ellas también te extrañaron mucho, sabes cómo les gustaba sentarse sobre tus rodillas y escucharte cantar. Maddie viene casi todos los días a verme, para asegurarse de que tome mis medicinas. ¡Ja! Como si alguna vez pudiera olvidarlas, llevo tanto tiempo tomándolas que mi cerebro coordina mis movimientos por si solo para ingerirlas. Y bueno, tantas y tantas cosas sobre todos que podría contarte, pero estoy seguro que tú los vez desde allá arriba, y los guías hacia la felicidad con esa sonrisa paciente que era tan tuya.
Es extraño, ¿No? Como la vida sigue su curso, y sin embargo tú ya no estás aquí.
Pero igual te siento. Hay incluso momentos en que juraría que puedo sentir tu mano en mi enjuta mejilla, apoyándome. Alentándome a no darme por vencido aún. En las noches, antes de quedarme dormido, puedo escuchar el susurro de tu voz, arrullándome igual que lo hacías cando tenían pesadillas alguno de los niños. Tal vez eso es lo que más extraño de no tenerte. Tu voz.
Puedo escucharte en mi cabeza, pero abro los ojos y no estás. Puedo verte con los ojos de mi imaginación, pero no puedo tocarte. ¿Por qué te fuiste tan pronto? No me diste tiempo para acostumbrarme a tu ausencia, digo, si es que alguna vez alguien pudiese acostumbrarse a la ausencia de un ser amado. No me diste la oportunidad de decirte una vez más que te amaba, de darte las gracias por todo lo que en vida me diste y que es incomparable a todo lo demás. No pude apretar tu mano en el momento final, ni sostenerte hasta que hubieses cruzado el camino. Hay tantas cosas que no pude hacer por ti…
¿Me escuchas alguna vez, Aubrey? ¿Te arrepientes de algo? Espero que no, eso sólo le minaría las pocas fuerzas que le quedan a mi corazón.
Dos años han pasado. Dos años sin ti. Y se siente como una maldita eternidad.
 Ven a buscarme, Aubrey. Sabes que cada noche te espero, para poder ir contigo al paraíso de Dios.
Los chicos ya han crecido, tienen sus familias y sus vidas. Y sé que van a echarnos de menos a ambos, pero ellos lo entenderán. Saben, tan bien como yo, que estos dos años he sido un hombre incompleto, porque tú eres parte de mí, mi amor. Aún hoy, vives dentro de mi corazón, recorres mi sangre con tu amor, empañas mis ojos con tu belleza, saturas mi nariz con tu aroma y destruyes mi alma con tu ausencia.
Ahora voy a levantarme de esta silla, y regresar a la monotonía de mi existencia sin ti. Aunque me gustaría quedarme fuera para examinar las estrellas a ver si te encuentro en alguna de ellas, hace demasiado frío para mis cansados huesos. El invierno se acerca, para cubrirlo todo con su manto frío, incluso mis esperanzas.
Aún recuerdo cómo te gustaba el invierno, y como cada navidad me regalabas un suéter diferente tejido por ti. Quiero que sepas que los conservo todos, en el orden exacto en el que me fueron concedidos. Los tengo como un recuerdo más de lo que significas para mí, lo mucho que todavía te amo.
¿Sabes? Aún conservo tu jardín de rosas. Si. Invierto ciento sesenta dólares mensuales en el Sr. Freeman, el jardinero, para que lo mantenga tal cual como tú lo conservabas en vida. Cuando extraño tu aroma, me siento en medio del jardín e inhalo profundamente tantas veces como me permitan mis doloridos pulmones, y de una extraña manera, siento que estás de pie a mi lado, inspirando también el perfuma de las rosas en primavera. Tu época favorita del año. A veces sueño con que un día, vendrás a mí nuevamente y verás tu jardín intacto, y de alguna manera te sentirás orgullosa de mí y de lo que he logrado desde que te fuiste. ¿Raro verdad? Algunos días creo que estoy obsesionándome contigo, y eso no me gusta. Porque si no me obsesioné contigo en vida, no quiero obsesionarme con tu muerte, no es sano para ninguno de los dos.
No sé cuantas veces he reflexionado sobre esto. Cientas, miles tal vez. No he llevado la cuenta. Pero cada noche, cuando cierro los ojos pienso en todas las cosas que quisiera decirte y no puedo. Me mata, Aubrey. Como una enfermedad lenta y dolorosa. Que marchita todo dentro de mí, mis órganos, mis pensamientos, mis esperanzas… pero si hay algo que he aprendido en estos dos largos años, es que el amor tiene dos caras.
Tu y yo tuvimos suerte, y vivimos el amor bueno mientras estuvimos juntos. No fue siempre fácil, pero lo fácil nunca vale la pena, y no hay nada para mí que haya valido más la pena de luchar, que tu amor. Fuimos parte de algo mucho más grande que nosotros, de ese amor que te hace reír, soñar, volar… Ay Aubrey, pero nunca imaginamos cuán dura sería la caída. Porque desde que no estás, siento que estoy cayendo constantemente. Estoy desorientado, perdido y asustado. Nuestro amor no nació ni vivió de la costumbre. Nuestro amor fue puro, profundo e ilimitado. Tanto, que aún después de todos estos años juntos y ahora separados, yo te sigo amando.
Te amo.
Como el primer día en que te vi. Como te amé cuando aceptaste casarte conmigo, tanto como te amé cuando nacieron nuestros hijos, y tantas otras veces que ni siquiera puedo mencionar. Te amo, te amo, te amo… nunca lo dudes, mi amor. Yo jamás he dudado de ti.
Ahora estoy entrando a la casa que ambos construimos con esfuerzo y un montón inmenso de dedicación. Tal vez no sea la casa más grande, ni la más elegante de todas las que hay por aquí, pero fue nuestro hogar. Aquí vivimos todos nuestros buenos y malos momentos, en ella crecieron nuestros hijos, y dentro de ella aún perduran todos nuestros recuerdos. Están impresos en las paredes, llenándolas de color.
Cada vez que recorro con mis débiles pies los pasillos, escucho tu voz  tarareando en la cocina. Recuerdo una vez cuando Robert tenía diez años, y juntos organizamos una sorpresa para ti. Era tu cumpleaños. Pero ni siquiera nuestras mentes juntas superaban tu sabiduría de madre. Nunca pudimos sorprenderte en grande, porque siempre adivinabas nuestras intenciones. Que puedo decir, nunca fui bueno para la actuación, y menos si se trataba de esconderte algo a ti. De eso puedes estar segura, nunca te mentí. Y tú, para mi gran felicidad, jamás dudaste en aceptarme incluso con mis peores defectos.
Solías decir que yo era más obstinado de una mula de carga, temo que eso es verdad. ¿Sino cómo explicar el hecho de que aún estoy aquí, de pie y solo? También reconozco que soy orgulloso, a veces demasiado, y que no era el más apuesto de los hombres. Pero a tu lado me sentía como un rey. Tu belleza siempre me impactaba y, en ocasiones me preguntaba ¿Cómo alguien tan especial puede amarme a mí, que soy de lo más común? Tal vez nunca haya una respuesta lógica para eso, y lo agradezco a los cielos. Dios sabe que lo hubiese dado todo y más por vivir la vida que vivimos.
Ahora estoy entrando en nuestra habitación. Y el frío que templaba mi cuerpo poco a poco me abandona. De repente me siento tranquilo, en paz. Es como si tu espíritu me acompañara y envolviera los retazos de mi corazón derrotado. Estás aquí, velando por mí, empujándome un poco más hacia adelante, facilitándome el camino. Miro todas las fotos, ventanas a momentos pasados llenos de dicha y mi pecho se estruja frente a tu recuerdo. Siento las lágrimas inundar  mis ojos en todo momento, y sé que no debería llorar, porque tuve y tengo mucha suerte en mi vida. Pero no quiero tragármelas. No es signo de debilidad llorar por la persona que amas y que extrañas más que nada en el mundo.
Siempre admiraste mí fuerza Aubrey, pero ya se me acabó. Estoy agotado.
Exhausto.
Guíame, por favor, como tantas veces en el pasado. Toma mi mano y libérame de esta pesadilla que es no tenerte más.
Hoy, en el día de mi cumpleaños, regálame aquello que he deseado desde que te fuiste. Aquello que nadie más puede darme ahora.

Devuélveme la felicidad, querida. Llévame contigo por el camino correcto, hacia el futuro infinito que nos espera en la eternidad.

Estoy listo, mi amor.

Aquí, acostado en nuestra cama. Repaso constantemente todo lo que vivimos juntos y me siento feliz. Soy feliz sólo por haberte conocido. Por haber compartido tantos años a tu lado. Me diste tanta dicha y tanto amor, que sólo me queda una cosa más que pedir.
Estoy cerrando los ojos Aubrey. Y puedo sentirte, ya vienes por mí.
¡Al fin! Mis huesos pueden descansar. El peso de mi alma se debilita. Y sonrío. Porque pienso recibirte igual que siempre, con una sonrisa en mis labios. Estás contenta, también, puedo sentirlo. Y eso me da fuerza para dar el último paso.
Puedo verte, una vez más. Y mi corazón vuelve a latir con la expectativa de que no vamos a volver a separarnos jamás. Oh, mi amada Aubrey, cuánto te he extrañado desde que te fuiste. Pero eso ya no importa, porque has vuelto por mí.
Te amo Aubrey.
Tomas mi mano, y me guías a caminar junto a ti. Gracias Aubrey, por rescatarme de mi tortura. Gracias por amarme tanto como yo te amo. Y gracias, por venir a buscarme. Juntos, velaremos por todos lo que nos aman también.
 Gracias.

Tú y yo, vamos a amarnos para siempre. 

FIN

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