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martes, 14 de febrero de 2012

Doceavo Relato

¡Hola a  todos!

Pues aquí subo el doceavo y último relato para el concurso Por que el Amor Duele.
Sé bien que aún no termina del todo este "evento" por decirlo de alguna manera
pero quisiera agradecerles a tod@s por sus maravillosos relatos y por dedicar su tiempo, su dedicación y su talento para darle vida a este proyecto que organicé con mucha ansiedad, y admito que ha superado mis expectativas. Mil gracias a todas ustedes chicas!!! ^^

Bueno, sin más los dejo con este último relato de la pluma de Paty C. Marin

¡Disfrútenlo!



***



Caminaba con la cabeza agachada, triste, ya nada importaba para ella. Tenía frío, como siempre que volvía caminando de clase hasta su casa, el uniforme del prestigioso colegio católico no arropaba en absoluto. La falda era de cuadros, espantosa, la blusa era blanca, de una tela sintética que apenas abrigaba. Ni los gruesos calcetines de lana aliviaban el frío de los pies, por alguna razón en Invierno tampoco podían usar medias.



No todo había sido así, no siempre había odiado su uniforme, hubo un tiempo en que incluso llegó a gustarle ir con la falda por encima de las rodillas y el primer botón de la camisa suelto, insinuando el nacimiento de sus pechos. A él le gustaba. Había sido en un invierno como este en el que había experimentado la felicidad y posteriormente una angustiosa tristeza.



Había sido él quien la había seducido, un hombre diez años más mayor que ella, hacía una semana que celebraba su cumpleaños número dieciocho cuando aquel desconocido la abordó cuando salía del instituto. Del último curso del Instituto, estaba a punto de acceder a la Universidad, sus padres se iban a encargar de que entrara en la más prestigiosa del país.



Ni siquiera se había puesto guapa para la ocasión, regresaba caminando igual que lo hacía siempre, cuando el desconocido dijo sentirse atraído por ella. La muchacha pensó automáticamente en que aquel hombre quería aprovecharse de ella e incluso intentó darle el dinero que llevaba encima para que la dejase ir. Pero él empezó a reír, alegando que no le haría nada si ella se negaba, no estaba allí para hacerle daño.



El replanteamiento de los hechos despertó en la jovencita cierto morbo. Un supuesto ladrón, más adulto, tremendamente atractivo, que se le insinuaba con cierto descaro y sin ningún disimulo… añadido a que la muchacha provenía de una familia católica, de un colegio de monjas dónde pensar en otros chicos se consideraba pecado mortal incluso en pleno siglo veintiuno, como si fuesen inquisidores de la Edad Media aleccionando a las masas ingenuas e inocentes, contribuyó al desenlace de aquel encuentro con la ruptura de su inocencia. El dolor de la primera vez sucumbiendo al placer de unos labios y unas manos expertas, el calor de un cuerpo masculino apretado al suyo, clavado hasta lo más hondo de su ser, unos jadeos entrecortados, la fría humedad del sudor resbalando entre sus pieles y la ropa tirada entre los pupitres del aula en la que permanecieron escondidos durante dos horas. En la oscuridad se escondieron de quién pudiese vigilarles, se abrazaron, disfrutaron de la mutua compañía y prometieron verse al día siguiente en casa de él.



Habían quedado en el metro a la salida de clase, ella nunca había viajado en aquel primitivo medio de transporte porque sus padres se negaban a que caminara entre la clase baja, o a que exhibiera su cuerpo inocente a la jungla del subsuelo de la ciudad. Los animales salvajes abundaban en aquel lugar, no era bueno para que su hija creciera pura e intocada hasta el matrimonio. Por supuesto, nunca lo supieron.



Lo hicieron en el metro. Fuera, mientras esperaban, y dentro, mientras viajaban, y al parecer no eran los únicos en elegir el último vagón para mantener aquella lucha, pero lo disimularon mejor. Sus cuerpos volvieron a entrar en contacto, sus labios, sus manos, la piel caliente, el cuerpo en tensión continua y unos suaves gemidos los acompañaron hasta la última parada.



A esa vez le siguieron muchas y muy seguidas. La muchacha pasó el fin de semana en su casa, habiendo convencido a sus padres que se quedaría a dormir en casa de una amiga. Dos días fueron siete, siete días fueron quince y después de permanecer auto-secuestrada en casa de su amante durante veinte días, se decidió a volver con sus padres, habiéndose forzado a no regresar por temor a no verle jamás. Él le había prometido que su misión en la vida, ahora que estaba con ella, era hacerla feliz. Nunca escuchó un “te quiero”, un “te amo”, un “moriría por ti” y sin embargo, para ella estaba más que claro. Se amaban, aunque no se lo dijesen con palabras.



O eso había creído.



Al regresar a casa, sus padres castigaron su osadía, la osadía de desaparecer veinte días sin una llamada o un aviso, sin aparecer por casa para decir dónde estaba, aunque su amiga y la madre de esta alegaban que estaba con ellas, con un encierro de veinte días en casa. Se desesperó al segundo día. Él no llamaba, ella tampoco podía, ya que no tenía teléfono, se lo habían quitado, la habían aislado. No dejaba de pensar en él, no podía pensar en otra cosa que no fuera él, él y sus labios, sus manos, sus besos, sus susurros y sus jadeos, y también en si él ya la había olvidado. Siete días después, consiguió un teléfono y llamó.



Aliviada, escuchó su voz, escuchó como vertía en su casto oído promesas de un nuevo encuentro, detalles de su cuerpo que él había descubierto y del placer que le daría si la tuviese delante. De los lugares que tocaría, que acariciaría, que apresaría con los labios, de los lugares en los que entraría para entregarle lo que los dos deseaban, de lo que llegarían a alcanzar cuando sus cuerpos se encontrasen nuevamente.



Fue de mal en peor. Ella empezó a recibir clases particulares, sus padres no querían dejarla salir de casa. Su amante se presentó en su casa diciendo que era el nuevo profesor y sus padres lo creyeron, tanto fue así, que acabaron por dejar a la niña al cargo de su amante sin que lo supieran. La muchacha estaba emocionada, podía verle y disfrutar con él mientras fingían estudiar, pero conforme fue pasando el tiempo, él se fue ausentando.



Ya no respondía a sus caricias. Ya no le sonreía al verla. Ya no parecía importarle ir dejando sus encuentros para cuando tuviesen más tiempo y poco a poco, él se fue alejando de ella. La muchacha lo dejó pasar la primera vez, la segunda estuvo a punto de hacerlo ceder, la tecera fue tal fracaso que no lo intentó otra vez. Y, lentamente, fue sucumbiendo a la tristeza.



Se convenció de que él ya no la quería, que había otra, que la evitaba, que quizás había otra mujer más en su vida, más adulta, más experta, con más pechos, más inteligente, más divertida, más hermosa. Una mujer mejor que ella. Y sin embargo, se negaba a aceptarlo. Ella quería ser su amante, quería amarle aunque él no lo hiciera, quería formar parte de su vida aunque él no lo supiera. Lo necesitaba. Le necesitaba. Su felicidad dependía de él.



Así, pensando en estas cosas, la muchacha caminaba de vuelta a casa. La habían dejado volver al colegio, a él ya no lo veía salvo cuando era la hora de comer y de vez en cuando lo veía en el restaurante que el colegio tenía enfrente. Ni siquiera miraba por la ventana para verla pasar.



¿Cuántas veces le había dicho lo mucho que le gustaban sus piernas? ¿Cuántas veces le había dicho lo mucho que le gustaba verla caminar desnuda por el pasillo de su casa? ¿Cuántas veces le había dicho que era la mujer más hermosa con la que había hecho el amor? ¿Cuándo decidió cambiar de opinión?



Sin quererlo, la muchacha le dio una patada a algo plateado que se deslizó hacia delante. Apartó la mirada de su hombre un momento, ya que él no miraba y observó lo que había golpeado. Un cilindro plateado. Curiosa, lo recogió del suelo y le dio vueltas entre las manos hasta que al girar una de las piezas, un cilindro de color rojo asomó en la punta.



Era una barra de labios.



Los ojos se le llenaron de lágrimas, nunca había usado tal cosa. Automáticamente pensó que el hombre por el que se desvivía tenía otra mujer que sí usaba pintalabios, de color rojo, y le dejaba manchas en el cuello de la camisa como en esas telenovelas sudamericanas de la televisión, en las que el infiel era descubierto. Caminó unos metros más adelante y se puso a llorar, mirando el pintalabios. Ella quería ser esa amante, ella quería ser esa que le manchara la camisa de rojo carmín. Quería ser la otra, no le importaba ser una puta que se acostaba con un hombre mayor, ni le importaba lo que pudiese pensar él de ella. Ella quería con toda su alma pertenecer a su mundo, le resultaba imposible vivir una vida en la que él no tuviera cabida.



Guardó la barra de labios en el bolsillo, se secó los ojos y se limpió la nariz. Echó un último vistazo a su amante, con la esperanza de que este girase el rostro para mirarla. Pero no lo hizo. Con la cabeza agachada, la joven se puso en camino. De vuelta a casa. Experimentando la mayor amargura de su vida.



Paty C. Marín

7 comentarios:

Maria O.D. dijo...

¡hOLA!
Magnifico relato, muy dolido, cuanto amor y cuanta desilusión al mismo tiempo! :(
¡Feliz San Valentín! :)

Patricia O. (Patokata) dijo...

Me encantó Paty!!Lamentablemente esto pasa muy seguido!!
Un placer leerte!!

Gracias a tí Nina por la oportunidad de compartir y de disfrutar, eso es algo que vale más que cualquier premio!!
Un gusto leer a tan estupendas y creativas compañeras de letras!!

Un gran abrazo!!

Belle De La Croix dijo...

Estoy encantana! Fantastico relato, Paty!

Dora Ku dijo...

Paty C: Si hay algo que me gusta es lo bien relatado y tu narración esta´
muy bien escrita. Aún cuando es una historia bastante común, lleva tu sello.
Pues muy bien, chica: Doña Ku

Ariusk dijo...

Hola, muy buen relato y buena narración!!

Felicidades!!

D. C. López dijo...

Divino!, como todo lo que escribe mi querida Paty. A ella y al resto, les deseo mucha suerte con el concurso... Por cierto, ya voté y dejé mi granito de arena! >.<

Y tú que tal querida Nina?, espero k todo bien y hayas tenido un fantástico fin de semana y k también tengas un buen inicio de la misma >.<

Bueno reina, vengo a dejarte este enlace que seguro t interesa:

http://elclubdelasescritoras.blogspot.com/2012/02/sobre-el-reto-las-dos-caras-de-un-mismo.html

Y eso es todo querida, saludos y besitos tanto para ti como para tu baby!, muak!

ShoppingEveryDay(: dijo...

Hagamos una cosilla, preciosa, yo te sigo si tu me siges a mi blog, enserio siempre cumplo lo que prometo, sí? Así que cuando me sigas avísame en un comentario o donde sea y yo te seguiré , sí? Te dejo el blog

http://shoppingeveryday.blogspot.com/

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