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domingo, 12 de febrero de 2012

Noveno Relato

¡Buenos días a todos!
Hoy comienzo este frío domingo con un buen relato, 
es el noveno del concurso Por que el Amor Duele.
Les recuero que verán todos los relatos participantes en la parte de arriba: en relatos del concuro

Así que sin más preámbulo, los dejo con este nuevo relato de la pluma de IR7S

¡Disfrútenlo!



METAMORFOSIS DE LOCURA 

Hubo una vez en que el amor de los demás me hacía más fuerte. Me encantaba pasear por los pasillos de la universidad sabiendo que la gente se giraba a mirarme y a admirarme. Notaba sus miradas, como recorrían mi cuerpo. La gente me amaba. Así era yo. Todo el mundo quería tenerme como amiga, compañera, lo que fuera. Las chicas morían por ser mis amigas y los hombres babeaban por salir conmigo. No importaba donde fuera, todos, y cuando digo todos no es una exageración, todos querían ser parte de mi vida. Me sentía viva, poderosa. Podía hacer cualquier cosa que me propusiera, nadie me diría nada. Yo sabía que estaba jugando un juego peligroso, jugando con el mundo, pero ¿qué podía hacer? Yo era así, y nada podría hacerme cambiar de vida. Nada, excepto él.

Se llamaba Eric. Un bonito nombre ¿no? Llegó a la universidad el mismo fin de semana que celebrábamos el día de los deportes. Lo sé, suena tonto. Y la verdad es que lo es. No sé si aún se seguirá festejando de la misma manera, pero en aquel entonces todo giraba alrededor de los deportistas. Eran los héroes. Había una especie de feria, algo grande con un puesto de besos incluido. Como todos los años yo estaba en la lista de empleadas para ese puesto. Y la cola era bastante larga. Chicos y chicas, de todo vamos. Patrick, el cabeza del equipo de fútbol, estaba conmigo en el turno. Se podría decir que él y yo éramos pareja, más como amigos con derecho que otra cosa, pero para el mundo era oficial que estábamos juntos. Sin embargo eso no evitaba que los demás intentaran ligarnos. Pues bien, ahí estábamos ambos, sentados en nuestros taburetes cuando los siguientes en el turno llegaron. Eran dos chicas, ambas bastante monas. Una de ellas iba conmigo a mi clase de historia del periodismo, aunque no me acordé en ese momento su nombre era Julia. Y la otra, algo bajita a pesar de los tacones que llevaba, no la conocía.
Cuando se pararon enfrente nuestro Patrick se inclinó sobre su taburete para hablarme:

-Me parece que una de ellas es para ti. Ánimo hermosa, disfrutaré de las vistas.

Puede que en aquel momento me hiciera gracia, pero con el tiempo vería que nada de esto era para reírse. Me hice la sorda a los gritos de ánimo del resto de jugadores cuando me incliné para besar a la chica que había cerrado los ojos, cosa que yo no hice. Mientras la besaba, mis ojos vagaron sobre el mar de personas más allá del carrusel. Ese fue mi mayor error. Porque en ese momento fue cuando lo alcancé a ver. Estaba de pie, a un par de casetas de la nuestra, mirando hacía mí. Desde lejos pude ver como sus labios se doblaban en una sonrisa. Una sonrisa que sin ninguna duda era para mí. Una sonrisa que a pesar de estar acostumbrada a recibir, me dejó sin aliento. Motivo por el cual no detuve el beso cuando terminó el tiempo pactado. Cosa que obviamente la chica no notó tampoco, al menos hasta que Julia le apretó la muñeca. Tan rápido como aparte mis ojos para mirar a Julia y agradecerle, él había desaparecido. Completamente.


No volví a verle hasta que se presentó en la clase de arte contemporáneo. Era una clase bastante light, puesto que el señor Mendaz nos permitía hacer lo que quisiéramos siempre que tuviéramos los trabajos al final del semestre. Justo ese día Bianca y yo estábamos sentadas en uno de los sofás del aula hablando sobre lo que nos pondríamos para la fiesta de disfraces que su novio organizaba en su casa. Yo aún no sabía que disfraz elegir, tenía que ser algo grande, espectacular. Pero sobretodo la gente tenía que poder reconocerme con él. Por su parte Bianca estaba decidida a ir como Cleopatra, un personaje por el que sentía devoción.

-         Ya te has disfrazado como ella por lo menos tres veces.
-         Puede, pero siempre han sido disfraces diferentes. Nunca el mismo.
-         Bien, haz lo que quieras.

Bianca era una buena amiga, quizás la única que había llegado a tener nunca. Ella era mona, no una belleza, pero mona. Tenía el pelo rubio muy rizado, enrollado en graciosos tirabuzones, y los ojos de un tono miel brillante. Era más bien bajita, pero solía llevar tacones por lo que no podrías decirlo. En conjunto tenía un buen cuerpo. Pero sin escándalos. La escuché mientras ella me relataba como sería esta vez su traje de faraona. Aunque mi cabeza estaba más hacía allá que en vestidos.

- Quiero unas sandalias doradas, de esas que atas hasta la rodilla, aunque no sé si las habrá de tacón. Necesito el tacón ¿sabes? No todas tenemos la misma altura que tú…

Ahí fue cuando mi cabeza dejó atrás todos mis pensamientos y mis oídos dejaron de registrar lo que mi amiga me decía. Él estaba en la puerta. Parado. Mirándome. Había cien personas en la sala, pero él solo me miraba a mí. Esta vez pude ver que sus ojos eran de color negro, completamente. No marrón oscuro. Negro, como la noche más cerrada. Como el alquitrán. Podía decir que el sonreía, sin embargo mis ojos no se apartaban de los suyos. Debía haberlo sabido en ese momento, estaba perdida, pero no obstante no tenía el suficiente control de mi cabeza como para decirlo.

-         Emily, ¿me estás escuchando? ¡Emily¡

La voz de Bianca sonó bastante fuerte como para que mi desconocido la oyera.
E-M-I-L-Y. Mi nombre, aun sin emitir ningún sonido, quedaba fantástico cuando sus labios lo pronunciaron. Quería saber su nombre y decirlo en respuesta. Quería conocer a ese chico cuyos ojos me dejaban fuera de combate. Lo quería para mí. Solo mío.

Las clases de ese día pasaron rápidas. En algunas estábamos juntos. Justo fue en una de ellas cuando lo oí hablar por primera vez. Tenía una voz profunda, grave. Una voz que enviaba escalofríos por mi espalda cuando sonaba. Si mi nombre en sus labios sin sonido había sido tan poderoso, no podía si quiera empezar a imaginar lo que ocurriría cuando me llamará en voz alta. Tampoco tuve que esperar mucho para descubrirlo.
Tres semanas después de que él llegará, yo ya me conocía toda su historia. Era hijo único, de padres separados, uno abogado y otro médico. Había vivido un tiempo en Nevada, Londres y Tokio, por lo que también sabía varios idiomas. Era buen deportista, pero su pasión era la pintura. Toda clase de pintura. Desde graffiti hasta acuarela. Siempre llevaba las uñas manchadas de pintura, y la camiseta arrugada. Había rumores de que tenía una novia en el pueblo donde antes había vivido, pero yo sabía que estas relaciones acababan pronto. Y sino ya me encargaría yo de ello. No había entrado en la universidad por falta de puntos y dinero, pero había conseguido milagrosamente una beca artística. Cosa que le obligaba a trabajar en la tienda de arte para poder pagar el alquiler de la habitación. Desde hacía tres semanas que esa tienda se había convertido en mi obsesión. Todos los días paseaba frente a ella intentando decidir si entrar. Quería tener una conversación con él, pero siempre me daba la vuelta y me alejaba.
Sin embargo ese día había escuchado como una de las alumnas de primero comentaba algo de invitarle a la fiesta de disfraces. Eso era algo que no iba a permitir. Si alguien le iba a invitar a esa fiesta sin duda alguna sería yo.
Así fue como me encontré frente al mostrador de pinturas y óleos esa tarde. Frente mío no había nadie. La tienda estaba desierta, y es que era horario de clases. De hecho yo tenía historia en ese momento, pero como muchas otras veces había hecho ya, me la estaba saltando, asegurándome que nadie me molestara cuando le viera. Podía decir que había alguien en la trastienda, desde donde venían una serie de ruidos metálicos. Y no podía ser nadie más que él, puesto que a esa hora era el único en el local.
Ajustándome bien los vaqueros y la camisa que llevaba ese día, me colé detrás del mostrador. Antes de llegar al almacén había un estrecho pasillo que desembocaba en unas escaleras. Sin embargo no había luz en el siguiente piso. Eso era raro ya que los sonidos venían de allí. Me pregunté si debía esperar, pero las ganas de verle fueron mayores. Una vez arriba entendí porque la luz estaba apagada. Había montado un cuarto negro para revelar fotografías, pero también tenía las paredes llenas de pintura fosforescente. Era extraño. Artístico, pero estrafalario. Una de las figuras del mural era una mujer con el pelo largo rosa y un vestido verde que parecía estar bailando. Me llamó la atención la forma en que la cabeza estaba echada hacía atrás mientras reía.

-         ¿Te gustan mis dibujos?

Su voz me sobresaltó. Envió a mi corazón a dar botes alrededor de mi pecho. Tan tranquilo como siempre, Eric estaba apoyado contra una de las paredes, sobre un grupo de gente en colores llamativos.

-         ¿Tú los dibujas?
-         Si. Las paredes son tan bueno lienzo como cualquier otro.
-         Pero no las puedes mover.
-         No quiero moverlas.

Me sentía un poco tonta hablando de paredes que se movían. Estaba a punto de explicar mi presencia ahí arriba cuando él volvió a hablar.

-         Me interesa mucho el comportamiento de la gente, ¿sabes? Los dibujo para inmortalizarlos, para ver como cambian.
-         No todo el mundo cambia.
-         Oh, créeme. Todos lo hacen. Más o menos. Nadie es igual a como lo era ayer o como será mañana. Tú no lo eres.

¿No lo era? ¿Cómo podía saberlo? ¿Me había estado mirando, estaría yo en alguno de esos dibujos?

-         Mira este de aquí. Es uno de los jugadores amigo de tu novio.
-         Yo no tengo novio.

La ceja levantada de su rostro mostraba que no se lo había creído. Pero yo había sido sincera, no tenía novio. Patrick se había disgustado cuando le dije que no volvería a acostarme con él, pero no armo ningún escándalo. Simplemente me había dicho:

-         Parece que la reina de hielo al final no es tan fría como parece.

Y justo en ese momento no me sentía para nada fría. Tenía demasiado calor. Un calor que nunca había sentido. Me pregunté si esto era lo que  la gente llama nervios. Bianca era muy nerviosa, siempre que había que hacer un trabajo sus manos sudaban y le dolía el estomago. ¿Eso era lo que me ocurría? ¿Estaba nerviosa? En caso de que así fuera era la primera vez que me pasaba. Nunca en mí vida había estado nerviosa, siquiera frente a un chico. Pero aquel no era un chico más, él era especial, único. Y por lo que había oído no era la única que lo había notado. Tras este último pensamiento decidí lanzarme, cuanto antes mejor.

-         Este fin de semana va a haber una fiesta.
-         Eso he oído.

No me estaba mirando, pero su sonrisa demostraba que me atendía, al menos un poco. Sus ojos, por lo contrarío estaban perdidos en el infinito.

-         Es en casa del novio de mi amiga, Lucas. Puede que lo conozcas, entrena a fútbol.
-         Sé quien es. De entre todos parece el más normal. No muy idiota.
-         Ya. Es un buen tío. Por eso Bianca está con él.
-         ¿Bianca? ¿Tu amiga?
-         Sí, tienes la clase de arte con ella.
-         Y contigo.

Y conmigo, obviamente. Aun recordaba el primer día, fue intenso, al igual que el resto de ellos. Siempre miradas, sonrisas. Todo a distancia, pero eso tenía que cambiar.

-         Será el sábado por la noche. ¿Te apuntas?
-         ¿Me estás invitando?
-         ¿Tú que crees?

Tenía una sonrisa felina en mi cara. Era como un juego de cartas, tienes que mostrar pero con precaución, sin confiar. Al menos hasta estar seguro de la reacción y movimiento de tu contrincante. Esperaba una contestación, afirmativa o negativa, sin embargo Eric cambió de tema.

-         ¿No quieres saber si te he dibujado?
-         ¿Lo has hecho?
-         Ahí.

Mire donde él había señalado. Era un hueco de la pared lleno de colorido, morado, rosa, amarillo, verde, azul, magenta, blanco… Todos ellos perfectamente armónicos.

-         ¿Quién soy yo?
-         Adivínalo.

Lo intenté. Había muchos dibujos por todas las paredes, algunos los descarte a primera vista, sobretodo las siluetas masculinas. Las chicas, la mayoría con el pelo suelto podrían ser yo. Nunca, en todos los años que llevaba en la universidad había llevado mi pelo recogido, así que las coletas y moños estaban descartados también. Entonces recordé la silueta rosa y verde que había llamado mi atención al principio. Estaba riendo, con la cabeza un poco echada hacía atrás, y estaba caminando, no bailando como me había parecido al principio. La forma en que arqueaba el cuello era familiar, demasiado.

-         Esa. Esa de ahí soy yo.
-         Bravo. A la primera. Se nota que te conoces bien.

El sonido de su risa era como música en aquel cuarto en penumbra. Me sentía infantil, inexperta. Era como un pollito recién salido del cascarón, me movía a tientas.

-         No me has contestado.

La rapidez con que giro la cabeza para mirarme me dejó pasmada. Pero no tanto como sus oscuros ojos. Con una sola mirada, sin a penas un pestañeo por medio, me miró de arriba a abajo. Los hombros desnudos por la camiseta de tirantes, el borde del pantalón donde había un trozo de piel sin cubrir, las piernas, las sandalias nuevas que Bianca y yo habíamos decidido compartir. Todo. No se dejó ni un hueco. Por supuesto fue cuando me miró a la cara cuando fui más consciente de lo que hacía. Me estaba probando. Desafiando. Mirando a ver si era capaz de aguantar su examen.
Cuadré mis hombros y levanté mi cabeza, mi rostro dejó caer la máscara que siempre llevaba. Ahí, delante de Eric, rodeada de sus increíbles pinturas, fue la primera vez que dejé que la verdadera Emily saliera a la luz. Dulce pero fuerte. Tímida pero decidida. Pero sobre todo, indefensa. Por primera vez en mucho tiempo mi corazón se encontraba indefenso en mi mano, no guardado en un cofre bajo llave.
Noté cuando él decidió, cuando finalmente se dio cuenta de que esta era yo, mi verdadero yo. Con una sonrisa se acercó a mí, despacio, como si yo fuera un animal salvaje y él tuviera miedo de asustarme. Cuando finalmente estuvo ante mí mis neuronas ya hacía rato que habían dejado de funcionar. Nuestros cuerpos se tocaban por todas partes, las rodillas, las caderas, nuestros pechos. Solo nuestros rostros estaban separados. Estuvimos mucho tiempo sin movernos, como dos estatuas, hasta que finalmente Eric se inclinó y borró el espacio que separaba nuestras bocas. En esos segundos en que tardó en besarme comprendí que él sería mi perdición, el ancla que me ataría de nuevo al mundo real del que tanto tiempo llevaba huyendo.


La semana pasó realmente rápido, el tiempo volaba cuando estaba con él. Aprendimos a conocernos, a amarnos. Si teníamos un segundo libre lo aprovechábamos. Las clases en que no estábamos juntos eran eternas, mis ojos constantemente miraban el reloj esperando que llegase el momento de volver a verle. La clase del señor Mendaz se convirtió en nuestro espacio santo. Mis pinturas se convirtieron en representaciones con grandes ojos negros. Desde mi atril veía como mi cuerpo se convertía en la base de sus obras. Nos amábamos, y la noticia no tardó en expandirse por todo el campus. La gente me señalaba al pasar, no como antes, seguía habiendo envidia y admiración, pero ahora sobre todo había comprensión. Estaba enamorada, como cualquier persona normal. Bianco y Lucas solían acompañarnos por las noches, a la hora de la cena, cosa que nunca había ocurrido cuando “salía” con Patrick. Sin embargo, Eric era para mí diferente al resto del mundo, quería que todos supieran que era mío. Yo era su dueña, la única que jamás podría tenerle.

El fin de semana llegó lleno de malos pronósticos, las noticias alertaron de un posible huracán o tornado o algo parecido para por la tarde. Todo el mundo estaba desquiciado. Sobretodo las chicas, esa noche debía ser inolvidable, todas ellas tenían sus precioso vestidos preparados, ninguna quería que la fiesta se suspendiera.

-         Lucas está harto. Todo el mundo está viniendo a preguntarle si la fiesta sigue en pie. Hasta ha tenido que publicar un anuncio en Twitter.
-         ¿La va a suspender?
-         Emily, no me escuchas. Llevo media hora diciéndote que mi novio está harto de repetir que sí hay fiesta.
-         Lo sé.

Estábamos en la habitación de Bianca, supuestamente preparándonos para la fiesta, aunque quedarán horas hasta que esta empezara. Bianca me había estado contando algo, pero mi cabeza estaba llena de otros pensamientos, como que Eric no me había llamado en toda la mañana y que nadie le había visto desde ayer. Además mi cabeza me dolía, llevaba unos días un poco enferma, pinchazos en la cabeza y vómitos. Al principio pensé que podría estar embarazada, aunque era improbable, tanto Eric como yo tomábamos precauciones. Una vez comprobé que no era ese caso, me desentendí. Un dolor más de cabeza y unos pocos vómitos no iban a impedirme disfrutar de mi felicidad. Así que ahí estaba, en la habitación de mi amiga, oyéndola hablar y pensando en otras cosas.

-         Emily, ¿estás bien?
-         Perfectamente.
-         Estás muy callada, ¿ha pasado algo? Con Eric quiero decir.

La miré. Estaba de pie frente a mí, con su conjunto de ropa interior rosa, llevaba el pelo suelto, desordenado alrededor del rostro. Estaba preocupada por mí, podía verlo en sus ojos. De repente todo el malestar que llevaba acumulado dentro de mí explotó. Mis ojos comenzaron a picar y poco después no podía ver nada, notaba como las lagrimas me caían y mancaban mi cara de maquillaje. Oí como Bianco soltó la percha con ropa que sostenía y se inclinaba para abrazarme.

-         Emily, no llores. Tranquila. Puedes decírmelo.

Intentaba hacerlo, quería hacerlo. Contarle como de preocupada estaba, como mi corazón dolía, quería sacar todo de mí. Noté como las arcadas volvían, me levanté corriendo hacía el baño. A partir de ese momento mi día fue borroso. Sé que me desmayé varias veces, podía oír como entraba gente en la habitación. Había una mano pequeña que me apretaba la mía, sabía que era Bianca, con sus uñas en forma de ovalo. Intente llamarle, decirle que me escuchara. Pero nada salía de mi boca.
Más tarde, cuando la lluvia azotaba por la ventana y no había casi luz en la habitación, logré incorporarme. Lucas estaba en una esquina con Bianca, se podía decir que discutían. Las manos de ella, se movían sin parar, brillando cada vez que la luz le alumbraba, seguramente llevaba purpurina dorada. Lucas por su parte sostenía un teléfono y lo apretaba con fuerza.

-         Tienes que decírselo.
-         No podemos, no ahora. Déjala dormir.
-         Merece saberlo.

Por la manera en que Bianca se interponía entre la cama y su novio, estaba claro que a quien no había que contarle algo era a mí. Con las pocas fuerzas que me quedaban, logré levantarme y avanzar hasta ellos. Lucas me vio en seguida, pero Bianca, de espaldas hacía mí saltó al oírme hablar.

-         Quiero saberlo.

Las lágrimas en los ojos de mi amiga cuando se giró a mirarme me pusieron alerta, conocía esa mirada. Pena. Lastima. Era la misma mirada que había estado intentando evitar todo el tiempo. La misma mirada que me juré no volver a ver. La mirada que me había dado la gente cuando mis padres tuvieron aquel accidente, la misma que le forense me había dado cuando tuve que identificar sus cuerpos a falta de otros parientes. Una mirada que destruye y trae dolor.

-         Emily, yo…
-         No. No, no, no, no. ¡No!

El dolor de mi cabeza iba aumentando, las lágrimas corrían más libres que nunca por mi cara. Sabía lo que me iba a decir, yo ya lo sabía. Y no quería oírlo, no quería sentir su lastima. Vi en los ojos de Bianca que ella no quería hacerme daño, pero también vi su determinación. Como ahora ya no había vuelta atrás. Sin embargo fue Lucas quien rompió definitivamente mi mundo.

-         Ems, ha habido un accidente. Eric iba en el coche que fue arrollado al río. No se ha podido hacer nada.
-         ¡Emily!

No sabía por que Bianca gritaba. Para mí todo estaba bien. Negro. Solo negro. No sentía nada. No quería sentir nada. Sabía que debía haber algo que me preocupara, algo importante, pero en ese momento nada tenía sentido para mí. Definitivamente me había perdido.

Cuando volví a despertar todo estaba en calma, la tormenta había amainado y en la habitación no había nadie más que yo. Giré en la cama para volverme a dormir cuando vi la nota. Era un post-it rosa. <He ido a cenar. Volveré en un momento. Bianca>
Bianca, siempre tan ordenada. Bianca, una gran amiga, mi mejor amiga. Siempre había estado ahí, desde el principio ella me vio como la persona real que era, no la bruja fría y superficial que aparentaba ser. Bianca, quien siempre me decía la verdad. La verdad. Un torrente de imágenes se me vino encima, mi amiga hablándome de una fiesta, ella sujetándome el pelo mientras yo vomitaba, sujetándome la mano mientras dormía, abrazándome, consolándome… discutiendo con su novio por mí. Protegiéndome de la verdad. La verdad. Algo en el fondo de mi cabeza empujaba para salir. Algo malo. Mis pies tocaron el suelo helado cuando me levante, tenía que recordar. Algo había pasado. Recorrí la habitación buscando mi bolsa, continuamente tropezando con cosas. Cosas que apartaba a mi paso. Estaba destrozando la habitación, lo sabía, pero necesitaba encontrar mi teléfono. Lo necesitaba a él. Eric. De repente el recuerdo vino, claro como una mañana sin nubes. El accidente, el río, todo. Eric ya no estaba. No lo volvería a ver. Estaba sola. Como al principio. No, como al principio no. Esto era diferente. Había vuelto a amar. Había caído otra vez en ese juego. Pero no lo volvería a hacer. Esta había sido mi última vez con el amor.
Corrí hacía la puerta para correr el pestillo. Nadie me iba a interrumpir, no esta vez. Me pregunté como lo haría, quería que doliera, quería sentirlo. Como una revelación el cutter de Bianca brilló en el escritorio. Lo cogí. Estaba frío, como hielo. Por un momento mi cabeza voló lejos de esa habitación, me sentí flotar. Después estaba sentada en el suelo, las rodillas medio dobladas, los pies envueltos en la ropa que alguien me había quitado. El cutter seguía en mi mano, duro, firme. Esperando mi decisión. No volvería a amar, a sentir. Este sería mi último acto de voluntad. Con un rápido movimiento deslice la cuchilla sobre mi muñeca. No dolió, no dolió nada. Antes de poder detenerme hice lo mismo con mi otra mano. Rápido, certero. La sangre tardó poco en salir. Un río de color rojo, como pintura. Como la pintura con la que Eric rellenaba mis labios al dibujarme. Poco a poco noté como mi mente se nublaba, podía decir que me estaba durmiendo. Tranquila y sola en el silencio.

-         ¿Ems? ¡¿Emily!? ¡Abre la puerta!

La voz me llamaba, a penas la reconocía. Era una chica. Me llamaba.

-         ¡Emily, por favor!
-         ¿Qué ocurre?
-         ¡No me abre! ¡No puedo abrir la puerta!
-         Déjame a mí.

¿Por qué se molestaban? Solo estaba dormida. Ya les abriría la puerta después.

-         ¡No! ¡Emily! ¡Lucas, la ambulancia!
-         Ya voy. Toma, una toalla.

No. No, no, no, no. Dejarme en paz. Quiero irme, no quiero estar aquí. Notaba como me rodeaban las muñecas con algo, como hacían presión. Escuché la voz de alguien pidiendo ayuda, una sirena, luego alguien me levanto en brazos. Mi cabeza daba vueltas, antes de salir de la habitación ya había perdido la conciencia.

-         ¿Cómo está?
-         Estable. Los médicos dicen que se repondrá. ¿Por qué la dejé sola? Yo lo sabía, sabía que no estaba bien.
-         No es tu culpa. Ahora todo a terminado, estaremos bien.

Las voces. Voces reales. Voces conocidas. Mis amigos.

-         Es tu culpa.

Mi voz salió como un gruñido, no creo que me hayan entendido, pero me da igual. Inmediatamente Bianca me abrazó, susurrando cosas  en mi oído. La presión de su cuerpo me aprisionó las heridas. Dolor. Ahí estaba. Viejo amigo de batalla. Lágrimas cálidas recorrieron mi rostro, pero no eran mías. Bianca. Pobre e inocente Bianca. Ella creyó que me había salvado, pero no. El amor siempre va a estar conmigo, el amor que es dolor, que te hace sangrar más que un corte. Lucas estaba equivocado, no se había acabado, a penas había empezado el verdadero dolor.

IR7S

4 comentarios:

Maria O.D. dijo...

Que final más IMPACTANTE ME DEJO HELADA, ¡GENIAL RELATO! ¡SALUDOS!

Dora Ku dijo...

Has tocado un punto neuralgico de la sociedad: Las chicas de hoy (por o menos en mi generación nunca escuché que las chicas tuvieran estos problemas)
Esto de que se cortan, son anoréxicas, bulímicas, alcoholicas o todos junto, es un mal de muchas chicas, sin importar clase social.
Impactante tu relato, impactante y muy real.
Felictaciones: Doña Ku

Belle De La Croix dijo...

ME encanta tu relato! Muy impactante.
Besos.

Patricia O. (Patokata) dijo...

Que triste, es triste cuando el ser que amamos de esa forma se va así de repente, muy triste!!

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