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jueves, 9 de febrero de 2012

Sexto Relato

¡Hola a todos!
Acabo de recibir un nuevo relato para el concurso y lo subo gustosamente.
Comento que el final me resultó algo confuso, pero por como lo entendí definitivamente pega con las bases y la esencia de Por que el Amor Duele.
Espero que coincidan.

Así que sin más los dejo con el sexto relato de la pluma de Ariusk.

¡Disfrútenlo!





Antología

Parte I

El niño

Ella estaba ahí, a sólo unos metros por debajo de él. Las hojas a sus pies eran barridas por una suave brisa que creaba un caleidoscopio de colores terrosos. Él veía como la niña recogía flores rojas, montones de flores caídas y frutos maduros que manchaban con su jugo el suelo de verde otoñal, el olor dulzón podía sentirlo aun en la distancia.

La niña no podía verlo, de eso estaba seguro y si dependía de él, así seguiría siendo. Le tenía pavor, no a ella, sino al poder que poseía. No era una niña cualquiera como las que estaban en su casa. Hijas de criadas y doncellas que se mantenían ocultas para no perturbar la paz de su madre, ni atentar contra el sutil equilibrio logrado con años de trabajo eficiente.

Tampoco era como las niñas del pueblo, esas que lo miraban con ojos curiosos cuando lo veían pasar a caballo junto a su padre. No, esta niña era distinta a cualquier otra. Era en parte, su igual, al menos eso decía su padre; sea lo que fuese que eso significaba. Lo cierto es que ella era su vecina pero nada de esto era la razón por la que se mantenía oculto, no, había una razón mucho más poderosa, la de no perder el habla.

La niña era una bruja, una pequeña hechicera como la de los cuentos que su niñera Fanny le leía a él y a su hermano pequeño, John. Ella tenía un poder asombroso, el de sus ojos. Sólo la había mirado a la cara una vez, basto para dejarlo sin palabras.

Él lo recordaba con un miedo fascinante. Había estado detrás de ella, siguiéndola cuando la diviso en uno de los claros del bosque que rodeaba su casa. Fanny se había despistado por un momento y él se aprovecho de ello para seguir el ligero y ágil cuerpecito que se movía varios metros por delante, con pasos cortos pero firmes hacia la profundidad del bosque.

Había estado curioso, nunca había visto a una niña de cabellos blancos. Su abuela tenía el pelo muy pacido, pero no podía creer que una niña más pequeña que él ya fuese tan vieja como su abuela. Los frágiles mechones de ese cabello volaban en su dirección, bailando con el viento como llamándolo a que se acercara y cuando vio su oportunidad, lo había hecho. Se escapo de su niñera y la siguió.

Ya había perdido de vista la abertura del bosque por el que habían entrado cuando ella se detuvo. Intrigado y aún sin querer hablarle se había detenido a unos pasos por detrás de ella. Estaba casi seguro que Fanny debía de estar ya buscándolo pero no deseaba volver, quería quedarse y ver más de cerca a la rara niña de cabellos envejecidos.

Ella se dio la vuelta lentamente y levanto su carita con una nariz llena de pecas; su claro y platino cabello enmarcaba las infantiles y frescas facciones. Él sintió en ese momento que las hojas caídas fijaron sus pies con cola al suelo, la gravedad cimentó sus hombros a la tierra, sus botas se enraizaron como si siempre hubiesen estado allí, como una especie de árbol centenario. Nada lo había preparado a su corta edad para presenciar unos ojos así; ojos completamente negros de una bellaza que para un niño de su edad resulto aterradora. Pero lo peor no fue eso, sino que de su boca no salía palabra alguna, no podía decir absolutamente nada por más que lo intentara.

Ella le había estado hablando, en un rincón pequeñito de su cabeza podía escucharla, pero él seguía sin hablar. Disgustada, percibió él, la niña se dio la vuelta y echo a correr liberándolo así de su mirada oscura de ojos viejos, porque eso les parecieron, ojos profundos que le habían robado su capacidad de moverse y hablar.

Ahora estando allí, a sólo unos metros por encima de ella, en una de las copas de los árboles cercanos al claro donde la había visto por primera vez, seguía sin hablar. No porque no pudiera sino porque no quería, no deseaba que la niña de ojos y pelo raros le robara el habla y se llevara su alma. Eso había escuchado decir a los criados, entre susurros asustados sin que fuesen concientes de su presencia. Decían que la niña tenía la habilidad de robarle el alma a quien la viera, que su madre la había maldecido por nacer de su matriz y desgarrarla hasta la muerte. Él no había entendido muy bien, y no sabia si era así, pero era cierto que a pesar de su curiosidad por ella no deseaba quedarse sin poder hablar. ¿Cómo preguntarle su nombre si no podía hacerlo?

Deseaba comunicarse con ella, oírla concientemente pero no se atrevía, algo dentro de él, el miedo o quizás no, lo mantenía con la boca cerrada y las manos húmedas, aferradas a las fuertes ramas del árbol en el que estaba procurando no llamar la atención de ella. Tratando de controlar las ganas de hacerlo, porque no debía y no lo haría, nunca.


El joven

Sus labios saboreaban con febril curiosidad y jóvenes ganas al cuerpo todavía en formación. Él sabía que ella esta allí, mirándolo, creyéndose protegida por las sombras de los diferentes trastos que había en el pequeño cuarto olvidado. Pero como de consiente era en realidad ella para él, aun más que el suave cuerpo de la criada que estrechaba en sus brazos.

Trato de concentrarse en lo que hacia, trato de pensar en todas las ganas que abnegaban su cuerpo de muchacho, trato de fijarse solamente en los pechos aún inmaduros que se estrechaban con calor contra su torso pero no podía, no dejaba de ser conciente de esos ojos. Ojos negros que no perdían de vista lo que él hacia.

Sabia en su interior que ella lo estaría mirando con curiosidad y algo muy parecido al rencor, lo sentía como un cuchillo en su espalda. No deseaba hacerle daño con lo que estaba presenciando, pero se había dado cuenta que, a pesar de los sentimientos que se tenían mutuamente -que no escaparon nunca de sus labios puesto que jamás había sido capaz de pronunciar ni media palabra delante de ella- No podían estar juntos. Ella se lo había dicho, él se lo había dicho así mismo, el mundo entero se lo gritaba constantemente, día a día, minuto a minuto.

Las circunstancias sociales eran algo que en su familia, en su mundo se mantenían sacrosantas; lo negro no se liga con lo blanco, lo limpio con lo sucio. Una chica con un pasado oscuro, una casa desvencijada y un nombre en antaño glorioso, pero ahora por el suelo no podía unirse a él. Así lo habían educado, así trataba de convérsese de que eran las cosas, la vida, su vida.
Como de fácil sonaba, que tan duro era en realidad. Un gemido escapo de su pecho y nada tenía que ver con la pasión o el deseo que debía sentir en ese momento. Era algo mucho más parecido al dolor, al dolor de un corazón que se le negaba tener lo que realmente deseaba.

Y oh, como la deseaba él. No físicamente, ella aún era joven para eso. Anhelaba, su compañía constante, el calor de su sonrisa, sus palabras de alegría cuando estaban en el campo al aire libre. Ella era una criatura del bosque, una ninfa nacida de un vientre humano. Así lo pensaba él. Aunque ella nunca deseaba hablar de su familia, ni de la extraña razón por la que nunca pudiera hablar en su presencia. Probablemente creía que era un problema de él. Pero aún así, por difícil que pareciese se habían hecho amigos con el correr de los años.

Él la había visto crecer, de pasar de ser una niña de cabellos casi blanquecinos a una jovencita hermosa de suaves rizos dorados platinos y ojos oscuros como la noche cerrada. La había visto madurar en intelecto igual que en belleza. Hablaba con pasión de lo que le gustaba, de lo que deseaba hacer y él, no habría deseado nada más en la vida  que poder corresponderle con palabras, más nunca había podido hacerlo.

Así como sabía que no podía nunca tenerla, ni darse a ella. No, en realidad mentía, ella tenía una parte enorme de él mismo, poseía su corazón. Ganado a base de sonrisas, años de travesuras, amistad, sentimientos y de algo tan profundo que jamás habría sabido explicar y que, aun a su joven edad sabia que nunca seria capaz de hacerlo. Ese lazo invisible que lo conectaba irremediablemente a ella, parecía no tener nombre, sólo existencia. Un frágil pero poderoso hilo que los unía, aun en la desesperanza de saberse nunca juntos.

Terminó el beso, del que hacia rato había dejado de ser conciente, medio despidió con un murmullo ininteligible a la acalorada criada. Ella le correspondió con un ceño fruncido, echando a correr mientras pasaba a su lado.

Se sentó en uno de los cajones vacíos de la estancia, esperando a ver si ella revelaría su presencia. Él sabía, que ella sabía que la había sentido en todo momento. El ambiente se cargo de incertidumbre hasta que por fin revelo su ubicación, saliendo de tras de un viejo armario.

Su cuerpo se tenso como siempre lo hacia cada vez que ella lo miraba, sus cuerdas vocales se cerraron en bando, negando su cooperación como lo habían hecho en los últimos diez años.

Ella se acerco lentamente a él, velando ahora su mirada por la caída baja de sus parpados. Contuvo el aliento sin saber que haría ella, pasar a su lado he irse como lo había hecho la indignada doncella o quedarse ahí y enfrentarlo.

Nada de lo que hizo era lo que esperaba. Ella termino por llegar a él y se sentó en su regazo rodeando su cuello con sus brazos menudos.  

Sus manos se levantaron con vida propia. No había esperado que ella lo abrazara pero eso no le impidió corresponderle. Apretándola contra su pecho y sintiendo más pasión en ese gesto que en todos los besos con criadas que pudiese tener. Vale, parecía que al final quizás si la deseaba físicamente también, un clavo más para la sepultura de su vida sin ella.

Deseaba preguntarle por qué lo abrazaba en lugar de gritarle, de mirarlo ofendida y largarse. Porque a pesar de saber que no podían estar juntos ella lo amaba, él lo sabia. Ella también sabía lo que sentía, a pesar de su eterno he involuntario silencio.

Como siempre, pareció adivinar lo que quería decir. Sintió su calido aliento en su oreja cuando le susurro – Sé porque haces esto y no te lo reprocho porque no tengo derecho,  pero es que necesito un amigo en este momento y tú eres el único que tengo.

Sus brazos la amoldaron más a él mientras digería la sincera respuesta a su muda pregunta. Dios, con esto nunca le quedaría dudas de que la amase. Cerró los ojos he inhalo el perfume a bosque de sus cabellos, intoxicándose con su fragancia. Tratando de controlar las ganas de hacerle creer en un futuro juntos, alguna solución a la imposición de una sociedad entera, pero al final sabía que no podía. No dejaría mantener ilusiones falsas a ninguno de los dos, no debía y no lo haría, nunca.

Parte II

El hombre

Los caballos botaban espuma por el duro esfuerzo al que los estaba sometiendo. Sentía que cada metro que pasaban eran sólo unos centímetros, parecían no moverse del lugar con suficiente rapidez, pero su desesperación por llegar era la que mantenía esa ilusión.

Había salido de la ciudad ni bien ese hombre había comenzado de hablar. Necesitaba llegar a ella, saber que estaba bien, que no le había fallado una vez más. Su sangre se congelaba ante el tipo de escenario que el viejo criado de la casa señorial le había presentado. Ni siquiera se detuvo para terminarlo de escuchar.

Apremio aun más a los caballos, obligándoles a adoptar un ritmo frenético. No podía creer que nadie se lo hubiese dicho antes; que dejasen que ella estuviese sola en esos momentos. Tenía que apurarse antes de que fuese tarde, mañana… no, no pensaría en el mañana sólo en ella. Tenía que llegar a ella.



La pequeña cabaña estaba justo donde la recordaba, al final del claro que daba al sur, a unos metros después del lindero de su propiedad. La vieja pero bien cuidada chimenea exhalaba su humo grisáceo que subía hacia el cielo oscuro. El patio estaba repleto de florecillas y hojas caídas. Una pequeña luz centellaba en una de las ventanas.

Hacia rato que estaba contra la puerta del recinto. Era irónico todo lo que se había esforzado por llegar para dudar en esos momentos, pero a pesar de que la incertidumbre lo carcomía, no era nada comparado con la sospecha de su odio. Con la certeza de que esta vez no había estado ahí para protegerla, de que no había podido hacer nada para llegar antes a ella.

Estaba a punto de llamar cuando la puerta se abrió sin ceremonias pero sin parsimonia, sólo abriéndose sin nadie detrás de ella.

Respiro profundamente antes de entrar a la acogedora estancia. A su derecha se encontraba un pasillo que daba a la pequeña salita donde estaba la chimenea, sabia que del lado opuesto, a su izquierda, se encontraba el comedor y las despensas. La maciza escalera que conducía al piso de arriba se encontraba en frente de él. Fue directo a la salita, a pesar de los años sabía muy bien que la hallaría allí.

Una figura pequeña estaba recostada en una otomana frente al calido hogar. Una vela se consumía en una mesilla bordeada de sillones robustos que brindaba otra fuente de luz a la estancia. La figura inmóvil le daba la espalda, su cabello cayendo suelto como un mantón dorado.

Él sabía que estaba conciente de su presencia. Sus palabras lo confirmaron.

- Llevo días esperándote – dijo, en una voz tan suave y baja que casi no la escucho.

Cerró los ojos saboreando aun en las circunstancias el dulce y rico tono de su voz, no lo había oído en cinco años. 

Siguió allí de pie junto a la entrada de la habitaron. Ella se dio la vuelta aún recostada en el largo mueble para mirarlo directamente.

Su pulso se acelero, sus ojos vagaron con ansias poniéndose al día con sus facciones, con los cambio operados por el tiempo. La luz de la vela se derraba en su rostro rodeándola con una luz casi etérea, jamás la había visto tan hermosa. .

Estaba clavado al suelo como siempre le suceda al verla, pero la ironía del asunto era que, aún pudiendo hablar no hubiese sabido por donde empezar, que decirle.

Ella si lo sabía, como siempre – Ven acá y deja de mirarme con esa cara de pasmote – pidió con una sonrisa que le ilumino el rostro.

Se impulso hacía ella como si se tratase de un imán. Callo a sus pies de rodillas aún sin poder creer que estaba ahí viéndola, que ella parecía estar bien… pero una cosa era parecerlo y otra estarlo.

Trato de obligar a su voz a salir, era algo que no había intentado hacer desde que era un niño iluso que vagaba por el campo tras sus faldas intentando preguntarle su nombre.

La impotencia de no poder hablar no había sido nunca tan grande hasta ese momento. Ella lo miro con ternura – No hagas eso, no sirve de nada.

Él ahogo un gemido, cómo era posible que tratase de consolarlo en esas circunstancias cuando era ella la que necesitaba ese consuelo. Al final no aguanto y termino rodeándola con desesperación, tomando su cintura y caderas en un abrazo apretado mientras hundía el rostro en su regazo.

Su cuerpo se sacudía con escalofríos a autocondenación. ¿Por qué no había estado ahí? ¿Por qué no la protegió?, ¿por qué…

- Shhh, ya basta. No te atormentes más – sus manos acariciaban sus cabellos mientras lo confortaba – No paso nada.

Él negó en su regazo, restregando su rostro contra la tela de lana.

- Es verdad no paso nada, lo detuvieron a tiempo. Pensé que el señor McTravish te lo habría dicho, ya que me imagino que fue él el que te lo contó.

Él siguió negando, dejándose consumir por la culpar. Apenas reparando en lo que decía.

Tomo su rostro entre sus manos haciendo que la mirara a los ojos. Orbes oscuros repletos de amor. Lo veía reflejado ahí, reconociendo el sentimiento a pesar del tiempo y la distancia, después de todo, eran un espejo para el suyo propio.

- Es verdad, nada paso. Él lo intento, llevaba tiempo molestándome pero el criado al que encomendaste que viniese todos los días a ver como estaba lo espanto a tiempo. Varios hombres lo siguieron durante ese día, lo encontraron en una zanja, se había caído durante la persecución y se partió el cuello.

Al fin le creyó, pero esa verdad sólo lo aliviaba a medias, no la habían lastimado pero si lo habían intentado y con eso bastaba. Él no había estado allí para evitarlo, que era lo que debía haber hecho y no…

- ¡Ya basta! – le grito, sorprendiéndole por la fuerza en su voz - Tú no tienes la culpa. Yo soy la que escogí vivir aquí en esta cabaña alejada para estar más cerca de tus tierras. Muy bien habría podido ocurrirme cualquier cosa, aún puede pasar.

Él negó vehementemente, nada le pasaría. Mientras él viviese no lo permitiría de nuevo. Se quedaría con ella aunque tuviese que acampar en el bosque día y noche y al diablo con el mundo.

La ternura regreso a su rostro de nuevo. Sus ojos adquirieron un matiz de tristeza que no había visto desde que se despidieran.

- No pienses en tonterías. Sabes que te dejo estar aquí hoy porque sabía que terminarías por enterarte. Me alegra que hubiese sido antes de mañana, al menos.

La miro fijamente. Ella lo sabía, sabia lo que iba a pasar mañana. Que idiota fue al creer que no se enteraría de nada.

Su rostro volvió a hundirse en su regazo mientras apretaba con más fuerzas su cintura. Ahora que le tenía ahí no podía pensar en irse como si nada hubiese pasado y tener que cumplir con lo que el mundo esperaba de él. ¿Y que pasaba con lo que él esperaba de sí mismo? ¿Con lo que deseaba realmente? La amargura lo cubrió, dándole cobijo en su seno como un viejo amigo con el cual embriagarse.   

Se quedaron allí hasta que la oscuridad en el exterior se hizo completa. El calido fuego seguía chisporroteando alegremente, un contraste cruel para sus sentimientos.

Ella le acariciaba el cabello y el rostro con dedos suaves mientras lo acunaba ahí en su regazo, calmándolo poco a poco. Podía percibir claramente sus sentimientos, siempre lo había hecho.

Se despego a regañadientes de su falda, aflojando su abrazo. Su mirada encontrándose con la suya. Se observaron un buen rato; “Estás preciosa” le decían sus ojos. Ella le sonrío, “Y tú te has convertido en un zalamero” le decían los suyos, para después despedir un brillo de picardía “pero un zalamero encantador”.

Se rieron ante ese tonto juego que siempre habían compartido, el de decirse con la mirada lo que pensaban.

Los ojos de ambos vagaron largo rato por el cuerpo del otro, recreándose la vista, percibiendo las firmes diferencias que los separaba de los jóvenes que fueron antes, y de la mujer y el hombre que eran ahora.

No pudiendo aguantar más, dejo que sus manos vagaran también por su cuerpo. Subió por el fino talle obviando los pechos para no asustarla. Era más el ansia atroz que lo consumía por aprenderse cada rincón que pudiese de su cuerpo que el anhelo físico de tenerla. Aún así, ella pareció no pensar lo mismo.

Tomo sus manos que se dirigían a sus hombros y los poso es sus pechos. El corazón vibrando en la palma de su mano. Sus ojos encontraron los de ella nuevamente. No había un rubor en sus mejillas, ni timidez solo un brillo extraño en su mirada.

La firme carne se amoldo a sus manos. La acuno con reverencia apretando con sus dedos las pequeñas puntas que se marcaban sutilmente en la tela, todo esto sin dejar mirarla a los ojos. Nunca se había atrevido a tocarla así, ni siquiera cuando era un adolescente imberbe que la deseaba como a nada en el mundo. Aunque en realidad, ahora no había mucha diferencia entre esas ansias y el anhelo del momento.

Ella tomo su rostro firmemente entre sus manos, descendiendo su boca hacia la suya. A parte de un beso fugas, dulce y ligerísimo que le había dado el día que se despidió de ella para irse a la ciudad  no la había besado antes.

Sus dedos se enredaron en sus cabellos sueltos. Los de ella se hundieron dentro de la chaqueta de él. El impulso los envió a ambos hacia atrás, al suelo. Ella se amoldo al largo de su cuerpo para seguir besándose con una dulzura muy diferente al desespero de sus manos.

Paso su lengua por el borde de sus labios, para luego mordisquearlos y hacerlos suyos con arrobo. Ella se movía sobre él intranquila. Sus brazos le ciñeron la cintura para tratar de calmar el desespero. Necesitaba un ancla, algo que lo mantuviera al borde de la cordura, el anhelo por ella era tan inmenso que si no se detenía ahora difícilmente lo haría después. Años de negación lo hacían sentirse como un muerto de hambre y a ella como el banquete de un rey.

Despegó su boca de la de ella. Tomando su cara entre sus manos. “No podemos hacer esto”, le decía con los ojos, aunque estaba seguro que veía la otra parte que pensaba que esto era lo único sensato que había hecho en la vida.

“¿Por qué no?” le decían esos ojos oscuros con un brillo de pasión y un deje de desafío. “Sabes porque”, la miro con acusación “¿qué clase de hombre crees que soy que te haría el amor ahora y me iría en la mañana a casarme con otra mujer?, sabes lo enfermo que me haría sentir eso”.

Ella lo miro de nuevo con ternura, hablando en voz alta – Tú eres mi esposo, sabes. Lo has sido toda mi vida. Nunca ha habido otro hombre para mí, y sé que nunca lo habrá. También sé que mañana te casas y que, ante la ley de los hombres vas a pertenecerle a otra mujer. Te he mantenido alejado muchos años y no por tus ansias, si no por las mías. En mi corazón yo soy tu mujer y tu esposa, y a la final por mucha clase social, por muchas circunstancias esa es la única unión que importa. No bendecida por los hombres sino por nosotros mismos, por lo que ambos sentimos.

- Sé que no deshonraras los votos que harás mañana, yo no te dejaría. Pero tampoco deshonres los votos que están aquí – dijo, colocando la palma sobre su pecho y la mano de él mismo sobre el seno izquierdo de ella.
  
- Una noche de bodas es lo único que te pido para ambos. Creo que después de todo este tiempo nos lo merecemos. Mañana te iras, te casaras con ella para no perder tu patrimonio. Pero jamás me vas a perder a mí, podemos tardar años sin vernos, hasta podría ser hoy la última vez que nos veamos por el resto de nuestras vidas y ciertamente no quiero pasar los próximos cuarenta años lamentando haberte dejado ir por tu ataque de decoro.

Él había estado escuchando sus palabras con sorpresa pero eso último le valió un ceño fruncido. Ella no lo entendía, él no tenía un ataque de decoro. Sólo no quería lastimarla o lastimarse así mismo. El tenerla hoy y saber que le seria negada por lo que le quedase de vida lo mataría de a poco.

- ¿Crees así como yo que soy tu esposa, acá? – dijo apretando la palma aún sobre su carne.

Él la miro y sacudió su cabeza. No valía negarlo, él era de ella tanto como ella de él. Y tenía razón, un papel no diría que estaban casados pero sí los corazones de ambos, sus almas entrelazadas que se unieron irrevocablemente hacia tantos años ya, al borde de un claro no muy lejos de allí. A la final era eso lo que valía. Y aunque mañana se casase con otra, en su corazón su esposa siempre seria ella, y eso no lo olvidaría, porque no podía, no debía y no lo haría, nunca.

El viejo

- Abuela levántate que tenemos visita – la dulce voz de una niña reverberó en la penumbra del cuarto.

Ella abrió los ojos, enfocando su visión borrosa en la carita asomada por encima de su cabeza. Le sonrío.

- Me has despertado de un sueño maravilloso cariño. ¿Quién es el que llama?

- No lo sé. Madre dice que no lo había visto nunca. Pero lo miró y se echo a llorar. Salio corriendo y sólo dijo que te llamara. Se encerró en su cuarto y no me deja entrar.

La niña lo dijo de lo más tranquila. Acostumbrada como estaba a los ataques de sensibilidad de su mamá, que lloraba por todo desde la muerte de su padre, el año anterior

- ¿Abuela y con que soñabas? – pregunto la criatura curiosa.

Ella sintió un sonrojo en las mejillas. Se había sonrojado muy pocas veces en su vida,  hacerlo a aquella edad ciertamente le parecía una ridiculez. Pero como explicarle a una niña de cinco años que se había estado acordando de lo noche más fantástica y sensual de su vida.

Se lo pensó y tomo las manos de su nieta entre las suyas más viejas y curtidas – Estaba pensando en tu abuelo, cariño.

La niña la miró con sorpresa. No le extrañaba, ella nunca hablaba sobre sí misma y  mucho menos sobre algún hombre. Pero se estaba dando cuenta que, al acercarse a los seis años la niña tenía que enterarse ya de muchas cosas, antes de  que su tiempo en este mundo se acabara. Su nieta, siendo hija y descendiente de quien era, debía saber sobre su destino en el mundo y sobre las responsabilidades que conllevaba tener su sangre.

A diferencia de lo que cabria pensar, la niña no le pregunto por su abuelo. Dijo algo diferente.

– No me voy a enamorar nunca – exclamo, con la firme convicción que se tiene a su edad, una rotunda.

Ella oculto una sonrisa en un bostezo nada digno de una abuela. La niña ciertamente era más perspicaz de lo que pensaba.

- ¿Y cómo es eso cariño? – pregunto al incorporarse sobre las almohadas y sentarla en su regazo.

Pareció pensárselo bien antes de responder- Bueno, parece una cosa muy dolorosa. Mamá se enamoro y ahora que papá se fue no deja de llorar. Tú te enamoraste – afirmo mirándola directamente a los ojos – Y aún sigues soñando con un abuelo al que no he visto nunca y el que mamá asegura, no existe. Así que no – vatio sus coletas al negar – Está decidido, no me voy a enamorar.

La miró sorprendida por la profundidad de sus pensamientos, cosa que en realidad no debería de sorprenderle, ella también fue así a su edad.

Tomo el pequeño mentón entre sus dedos para mirarla fijamente – Cariño, el amor es una cosa tan compleja y sencilla al mismo tiempo que ningún ser humano en el mundo es capaz de evitarlo por más que se diga que nunca caerá en el.

“A tu edad yo pensaba como tú, que no me enamoraría jamás. Que era una cosa dolorosa y que…”

- ¿Por qué sabias que era dolorosa, tu mamá también lloraba mucho abuela? – la interrumpió.

Vaya, otra pregunta aguda. Trato de explicarle con la verdad, una de la que, en su infancia y hasta muy entrada la madurez no le había gustado hablar. Sólo hasta que se convirtió en madre había entendido por fin porque las cosas fueron con fueron.

- Sólo vi a mi madre una vez cariño. El día en que nací y recuerdo muy bien lo que me dijo. Eso me llevo a tenerle miedo al amor.

Su nieta la miro triunfante – Abuela yo también recuerdo cuando nací. Estabas tú y mi mamá en la sala. Recuerdo que no dejaba de llorar y ustedes también lo hacían. Eso sólo me hacia llorar más pero parecían no entenderlo.

A cualquier otra persona esa conversación le hubiese parecido absurda. Pero ella sabía muy bien que su nieta tenía en su sangre el mismo legado que ella. Lo que la hacía muy especial, y una de sus cualidades era la memoria. Desde que llegaban al mundo, aquellas de su familla con el poder activo en sus venas nunca olvidaban nada. Ella no lo había hecho y su nieta tampoco. Su hija por ser segunda generación sólo era portadora de esa particularidad.

- Lo sé cariño, sé que lo recuerdas y si llorábamos era de alegría – comento con jovialidad. Se gano un ceño fruncido, que tanto conocía y que le hacia saltar el corazón por el parecido que tenía con Él…

- Bueno pues la verdad yo no estaba muy alegre, no. No deseaba que me sacaran de donde estaba, que no recuerdo bien donde era, pero era muy agradable. Y bueno me dirás que te dijo tú mamá.

Se estaba empezando a marear con la conversación, aún así siguió – Bueno mucha gente piensa que lo que mi mamá hizo fue maldecirme. ¿Has escuchado los rumores verdad? – La niña asintió – Pues no fue así, ella sólo creyó que me ayudaba con lo que profetizo.

- ¿Qué fue?

- Que me enamoraría de alguien que me amase – contesto simplemente.

- ¿Y eso fue todo? – su nieta parecía desilusionada. Escondió otra sonrisa mientras le explicaba.

- No cariño, veraz. Mi madre al igual que la tuya no paraba de llorar cuando papá se fue. Sólo que a diferencia de tu padre el mío no murió, al menos no en ese momento. Mamá lloraba porque creyó que él la amaba. Mi abuela me contó que él se lo decía a cada momento, pero que no era sincero, que lo decía sólo para conseguir cosas de ella y no porque en su corazón hubiese amor.

- Y el amor también es muy importante tenerlo en el corazón y no sólo en la boca, ¿verdad? – aclaro la niña. Ciertamente parecía que no la iba a dejar de sorprender. Le sonrío de nuevo.

- Sí dulzura, el amor hay que sentirlo realmente para expresarlo porque sino, son sólo palabras al viento. No hay sentimientos tras las palabras cuando el corazón está vacío y lleno de mentiras.

“Mi mamá no deseaba que yo sufriera como ella. Así que me tomo en su pecho y me susurro al oído lo siguiente. “Quien se enamore de ti, no te hablara nunca pero te amara como a nadie” estaba asustada, temía por mí porque sabía que se moría y que cuando creciera no tendría de su ayuda para defenderme ante los hechos de la vida”

Cerró los ojos mientras le contaba a su nieta lo que su abuela le había dicho hacia mucho, una tarde unos años antes  de morir cuando por casualidad dijo unas palabras muy parecidas a la de la niña:

“- Lo tengo decido abuela, no me voy a enamorar”

La matrona que se sentaba en una silla frente a la luz y el calor del hogar, volteo hacia ella con una sonrisa en sus ojos negros.

- ¿Y como piensas hacerlo dulzura?

- Pues muy fácil - contesto con impertinencia – No le hablare jamás a ningún hombre. Me mantendré escondida aquí contigo y cuando vea a un hombre cerca saldré corriendo hasta perderlo de vista.

Su abuela pareció pensárselo con seriedad, pero vio que trataba de no reírse – Muy practico cariño pero del todo inútil.

La preocupación la embargo. Cuando su abuela usaba ese tono no era para nada bueno.

- Ven acá linda, acércate para que escuches mejor lo que debo decirte.

Ella obedeció, saltando al enorme regazo de su señora.

- Algún día cariño no me vas a tener más contigo y sería bueno que entendieras una cosa. Sé que tu madre dijo que te enamorarías de alguien quien te amase. Sólo que pensó que eso seria suficiente. Y no es así, amar duele y me temo cariño que a pesar de lo que desees a ti te va a tocar sufrir, es decir vas tener que amar. Y no va a ser fácil, en realidad nunca lo es. Van a haber momentos en los que desesperaras,  dudaras y lloraras, pero vas a ser muy amada. Y vas a cometer errores y lo van a cometer contigo pero no podrás burlarte de la experiencia, es parte de la vida. Y cómo digo yo “la vida se tiene que saborear completa” – terminaron de decir nieta y abuela.

La mujer mayor le sonrío. Ella aún pensaba que su lógica de salir corriendo era correcta, así que no le dio mucha importancia a lo que decía su abuela.

Recordando esa tarde en particular. Se dio cuenta de cuan acertadas eran las palabras de su abuela y de cuanto comprendió y compadeció a su madre el día que tubo a su propia hija contra su pecho y lo único que pidió para ella es que: “viviera y fuese feliz”.

- Eras muy inteligente abuela. Creo que haré lo mismo que tú y saldré corriendo en cuanto vea a un hombre. Lastima que no corrí al ver a al señor en la puerta. Aunque en  realidad parecía bondadoso y no creo que haya problema, es muy viejo para enamorarme de él.

- ¿De qué señor estás hablando?- pregunto confundida mientras el corazón se le disparaba al pensar en el sueño y las que se habían dicho.

- Vaya abuela. El señor que hizo llorar a mamá. Ella lo hizo pasar antes de salir corriendo y mandarte a llamar. Creo que está esperando en la salita. Es un señor con el pelo canoso y va vestido muy bonito para ser tan viejo. Claro que tú también te vistes bonito, pero no como él.

Con la certeza clavada en su interior bajo a su nieta de su falda y le pidió que se quedara allí en la habitación jugando. Ah pesar de sus protesta logro bajar sin la niña.

Iba por las escaleras a un paso peligroso para alguien de su edad, cuando choco contra un pecho. Unos brazos la sostuvieron firmemente para que evitara caer. La respiración se le acelero al sentir la presencia de quien, ya creía no vería nunca más, al menos no en vida.

Levanto poco a poco la mirada encontrándose con unos ojos azulísimos y cansados. Muy cansados, se dio cuanta con un entrujo en el corazón.

El hombre no le quitaba los ojos de encima. Sintió contra las palmas de sus manos que se apoyaban en su pecho, la respiración acelerada de él. Como si también hubiese estado corriendo por las escaleras.

Con mano temblorosa él le toco la cara, los labios, la nariz, los parpados, el cabello. Se dejo, sabiendo que necesitaba tocarla para que supiera que estaba ahí. No se veían desde hacia veinticuatro años. Demasiado tiempo para estar alejado de quien se ama, se dio cuenta.

El hombre por fin sonrío y parte del cansancio que vio en sus ojos se fue. Él tomo su rostro entre sus manos ya mucho más callosas que antes y se acerco a su oído.

- Casa – susurro con la voz concentrada, como la de un niño que trata de hablar correctamente y  no lo hace bien del todo.

Ella retrocedió y lo miró sorprendida y algo espantada al darse cuenta de que había hablado. Entonces recordó lo otro le había dicho a su abuela aquella tarde:

“Créeme abuela, aún sigo pensando que es lo mejor, ya verás. Voy a correr tan rápido que los hombres no me seguirán a casa y por ello no podrán irse de aquí en primer lugar. Así yo no sufriré”

Su abuela se quedo mirando largo rato al fuego de la chimenea, esa vez como si viera algo que ella no y luego le sonrío.

- A cariño lo que no entiendes es que para ese hombre lo único que será su casa serás tú.”

Viéndolo allí, ahora entendió lo que dijo su abuela. Él había vuelto a casa, a ella. Y está vez para siempre, porque dijo que no lo dejaría ir, no podía y no lo haría, nunca.  

                                                                              Fin 


                                                                             Ariusk
                                                                      Hermosa Lectura

8 comentarios:

Izam Sweet Angel dijo...

me encanto el relato, aunque tambien me parecio algo confuso el final, pero a veces los finales distintos son mas agradables k los finales tipicos :D

y como siempre, me encanta tu blog!

Ariusk dijo...

Hola linda déjame decirte que no escribí bien el último párrafo, va es esto:

Viéndolo allí, ahora entendió lo que dijo su abuela. Él había vuelto a casa, a ella. Y está vez para siempre, porque no lo dejaría ir, no podía y no lo haría, nunca.

Ariusk dijo...

Por cierto pido disculpas de antemano por lo errores que tenga que ya vi varios...

Saludos

Galena dijo...

Bueno, yo sí entendí el final y el relato me ha gustado mucho. Me ha parecido muy original el dividir el relato en las fases vitales de los protagonistas, el misterio de saber exactamente que era lo que le impedía hablar me ha parecido bueno y creo que se ajusta bien al concurso.

Felicidades, Ariusk y gracias por compartir el relato.

Un saludo,

Ariusk dijo...

Muchas gracias Galena me alegra que te gustará y que entendiese el final jejeje

Besos!!

Patricia O. (Patokata) dijo...

Realmente me encantó!!
Cuanto amor imposible había allí por Dios, todo por las malditas diferencias sociales!!
Muy original y muy buena la separación en estapas.

Te felicito!!!

besos!!

Dora Ku dijo...

Pues en verdad es bastante original el relato y el tema es hermoso. es una lástima que haya algunos errores en él, tanto de ortografía, cómo de redacción.
De todos modos te felicito: DK

Maria O.D. dijo...

¡¡¡Ariusk!!! ¡que magnifico relato! ¡me dejo sin habla! En todo el transcurso lo unico que pensaba, ¡tienen que terminar juntos, por favor! y es prueba que los deseos se hagan realidad! :) ¡saludos!

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